28 de febrero de 1933
Un incendio incontrolable desatado en la noche de ayer redujo a escombros y hierros retorcidos el edificio del Reichstag, la sede del Parlamento alemán.
Observadores consultados por nuestro corresponsal coinciden en manifestar su asombro por la tardÃa intervención del Cuerpo de Bomberos, cuyos efectivos nada pudieron hacer para sofocar las llamas.
Esta mañana la PolicÃa detuvo a Van der Lubbe, un ciudadano holandés de filiación comunista, que fue presentado como el autor del incendio.
Sobre la intencionalidad del siniestro nadie duda, pero lo que empieza a sospecharse es que detrás del hecho puede estar el mariscal Goering, hombre de confianza del novel canciller (jefe de Gobierno) Adolf Hitler, jefe del Partido Nacionalsocialista. La ultraderecha nacionalista necesitaba un buen pretexto para desatar una represión despiadada contra la oposición en general y contra la izquierda marxista en particular, como forma de enrarecer el clima para las próximas elecciones parlamentarias que tendrán lugar dentro de una semana.
Nada mejor, pues, para la estrategia nazi, que atribuir la destrucción del Reichstag a una acción premeditada del Partido Comunista.
Esta tesis parece confirmarse cuando al mediodÃa de hoy el gobierno ha emitido un decreto por el que se clausura la prensa de izquierda, se suspende toda actividad polÃtica y se declara el estado de emergencia. Al amparo de estas medidas liberticidas, miles de militantes comunistas han sido detenidos, y la represión se extiende a dirigentes sindicales, socialistas y liberales.
Las expectativas sobre un posible retorno a la normalidad democrática se alejan cada vez más, y tanto los analistas como los diplomáticos acreditados en BerlÃn perciben un futuro sombrÃo. Como consecuencia de los tratados de Versalles que pusieron fin a la Gran Guerra Europea en 1919, se habÃa generalizado en Alemania un fuerte sentimiento de humillación, que vino a sumarse a las penurias materiales que debió soportar la población. Adolf Hitler supo canalizar ese sentimiento de orgullo herido y va logrando al apoyo cada vez mayor de la opinión pública que ve en el lÃder nazi al único capaz de devolver a Alemania su poderÃo y su prestigio perdidos.
El espÃritu revanchista aflora dÃa a dÃa con renovado vigor y se tiene la sensación de que esta escalada de violencia puede desembocar en una nueva conflagración si las democracias europeas no actúan con la firmeza necesaria. *
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