Cualquier persona que se traslade por el paÃs, visitando lugares de esparcimiento o de trabajo, está en condiciones de percibir el clima de alegrÃa y auspiciosa expectativa que reina entre los uruguayos.
Cualquier persona que conozca cómo gran parte de la prensa, la opinión popular y las fuerzas progresistas latinoamericanas ven con simpatÃa al gobierno que se inicia, sabe que estamos en los umbrales de un nuevo ciclo histórico para nuestro paÃs.
Este nuevo ciclo que, según algunos análisis, estuvo a punto de iniciarse en otro momento de nuestra historia nacional, a mediados del siglo XX, nace en un contexto latinoamericano especialmente favorable, con un fuerte crecimiento de la conciencia solidaria entre los pueblos y una tendencia convergente a rechazar las fórmulas impuestas desde afuera por las grandes potencias y las corporaciones trasnacionales.
No obstante, siendo lo externo muy favorable, la carta más fuerte de que dispone el nuevo gobierno la constituye el estado de ánimo de la población uruguaya.
La extendida y saludable sensación de que, finalmente, la nación tuvo la fuerza necesaria para sacarse de encima a las anquilosadas elites polÃticas, insensibles a los padecimientos de la gente y sumisas ante las exigencias de los poderosos de dentro y de afuera.
Al mismo tiempo, la preferencia masiva por la alternativa progresista muestra que en Uruguay existe una fuerte propensión a los cambios, una disposición efectiva a dejar atrás el paÃs de las grandes desigualdades y de los privilegios y dar comienzo a la construcción de una sociedad donde prevalezcan otros valores: los viejos valores democráticos e igualitarios sobre los que se construyeron los mejores rasgos del Uruguay como patria, desde el artiguismo en adelante.
El paÃs –como lo ha demostrado más de una vez, aunque hasta ahora esporádicamente– tiene grandes reservas humanas, de energÃa creadora.
La imagen de un paÃs exangüe, rutinario, que perdido el rumbo deambula cansinamente por el tiempo, no se corresponde con todo ese potencial latente.
Uno de los reproches más serios que se le puede hacer a los gobiernos anteriores es haber contribuido al crecimiento de la desmoralización de los uruguayos.
Desmoralización para emprendimientos económicos, sociales y hasta culturales. Es ese estado de ánimo que el paÃs quiere aventar. Quiere sacudir la modorra y la atonÃa que predomina en el Estado y contribuir a consolidar el espÃritu de servidor público que hoy es patrimonio de muchos docentes, enfermeros, policÃas y administrativos y que no lo es, sin embargo, en forma masiva y mayoritaria.
Las reservas de talentos, abnegación y energÃa están desperdigadas en la sociedad, en sus gremios, en la Universidad, en una parte de los empresarios, tanto de la ciudad como del medio rural, en sus jóvenes y en sus mujeres.
Gran parte del desafÃo que se le presenta al nuevo gobierno es convocar a esa energÃa creativa latente, hasta ahora desmoralizada desde arriba, esa fuerza de voluntad que transforma en una nación a un conjunto de seres que habitan sobre una misma tierra.
Por la forma que condujo la oposición y la resistencia a la dictadura, por la forma como actuó durante los años de la democracia posterior y por los lineamientos programáticos que ha ido elaborando, la izquierda está en condiciones de convocar a esas potencialidades dormidas. *
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