La transparencia del poder

La singular repercusión popular que tuvieron los actos parlamentarios del día 15 constituyen un indicio claro de la enorme expectativa que existe en la opinión pública uruguaya en cuanto al quehacer del futuro gobierno.

Se trata de un apoyo ciudadano visiblemente más amplio que el registrado en las urnas del pasado 31 de octubre.

Esta circunstancia se debe probablemente a varios factores. Uno de ellos es la persistencia, después de su derrota en las urnas, del desacierto por parte del gobierno del doctor Batlle, quien pese a la gravedad de la situación de miseria popular se empeñó en reiterar interpretaciones elogiosas de su propia gestión. Versiones que no sólo empataban mal con la realidad que todo el mundo ha seguido y sigue percibiendo, sino que además aparecían enunciadas con torpeza y arrogancia propia de algunos políticos faltos de calidad y experiencia que han vivido siempre de espaldas a la realidad nacional.

El otro factor lo ha constituido la forma en cómo el gobierno electo condujo el proceso de transición: su capacidad de diálogo, su prudencia en la adjetivación para describir el verdadero estado actual del país y, en tercer lugar, y esto es quizás lo más importante, en los anuncios que se han ido realizando del elenco que tendrá a su cargo la conducción de los ministerios y de las grandes empresas públicas.

Los criterios de apertura y búsqueda de la idoneidad técnica y moral empleados por el gobierno en la selección han generado calma y confianza en la población.

Al mismo tiempo, y esto es medular, junto con la conducción serena de la transición, se hacen públicos los destellos simbólicos del cambio que se avecina.

En la constitución de los Directorios de los Entes Públicos que se ha anunciado, la presencia de hombres ligados de un modo u otro al sindicalismo reviste una importancia absolutamente excepcional, indicador de la profundidad con que se encara la reforma del Estado y el acierto en los criterios de selección de los que tendrán en sus manos buena parte de esa faena.

Los sindicalistas elegidos pertenecientes al mundo de la lucha obrera y sindical, respetados y apreciados por sus compañeros de trabajo, son además profundos conocedores de la materia de que se trata, de los problemas y del potencial tremendo que tienen las empresas públicas como un pulmón fundamental en el proceso de renacimiento de la economía, de la sociedad y de la moral pública.

La presencia de estos hombres surgidos del sindicalismo con la legitimidad que nace de ese hecho serán también una contribución decisiva, y es un rasgo que el doctor Tabaré Vázquez le ha impreso a su gestión política desde sus inicios como intendente municipal de Montevideo: el esfuerzo por la transparencia de la gestión política.

Otro anuncio refuerza la intensidad de esta tendencia: el anuncio efectuado por el Presidente electo de que en breve plazo se reuniría en la localidad de Zapicán en el departamento de Lavalleja el Consejo de Ministros, o sea la máxima concentración de poder administrativo de que dispone nuestro sistema institucional.

El compromiso lo había contraído Tabaré Vázquez en el invierno de 1997, en una tarde lluviosa y fría cuando en aquella localidad pobre de un departamento pobre, rodeado de vecinos pobres, anunció que se proponía deliberar sobre los grandes problemas del Estado en presencia de los habitantes más sufridos del Uruguay olvidado.

¿Pueden acaso encontrarse otros augurios más explícitos de que avanzamos en un sentido de democratización de la actividad política?

¿Pueden acaso encontrarse indicios más elocuentes de la opción por la transparencia y por la justicia social que la que encarna el gobierno electo?

¿Puede acaso encontrarse una manera mejor para encarar los problemas reales del país que la exposición clara de la realidad y el diálogo franco con el pueblo que el gobierno proyecta? *

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