Conducta fiscal rigurosa ¿o stand by?
Los economistas -nueva casta política que, a partir de su nacimiento a la sombra de organismos internacionales (o multinacionales) ejerce progresiva incidencia negativa en la calidad de vida del tercer mundo- tienen acostumbrada a la gente a escuchar la palabra «crecimiento», como denominación de una especie de panacea de todos los males económicos. Y lo que es peor, todo el mundo se queda muy pancho, dando por buena una afirmación «técnica» que, sólo puede ser validada por la natural tendencia al embrutecimiento que poseen las masas. Yo le pregunto al Cr. Astori si verdaderamente debe o puede llamarse «crecimiento» a algo que nada tiene que ver con la mejoría de la gente, pero que sí la posterga. La situación que los Alfie, Bensión, Mosca, Astori, etc. etc. mencionan como «crecimiento», es meramente una meta economicista que debiera llamarse de otra manera. Ergo, al llamar «crecimiento» a algo de tal característica los tecnócratas están afirmando tácitamente una de dos posibilidades: que la Economía es un fin en sí misma y no está al servicio de la gente como cualquier otra ciencia, lo cual sería absurdo, o, que la Economía es una simple pero ominosa e ineluctable arma del primer mundo para quedarse con nuestros bienes, nuestras vidas, nuestro país y el orbe.
Dijo el Cr. Astori: «Crecimiento significa inversión». «Para invertir se requiere estabilidad, reglas claras, y una conducta fiscal rigurosa».
¿Acaso debemos orientar nuestra economía solamente al ingreso de capitales extranjeros? Bienvenidos sean, pero no podemos suicidarnos eliminando la inversión nacional oficial y privada. Asimismo, «una conducta fiscal rigurosa» implica una recaudación de volumen suficiente o, en caso contrario, nuevos impuestos.
¿Qué capitales existen en nuestro país que puedan destinarse a la inversión privada y estatal? La pregunta irrumpe en el punto neurálgico de nuestra economía, y la respuesta podría convertirlo en el punto de inflexión de la misma. ¿Qué hizo Kirchner en Argentina o qué hizo Malasia, por ejemplo? Ambos países le dieron preferencia a la gente (industria, comercio, agro, ocupación, inversiones estatales, etc.) postergando los pagos de capital e intereses de la deuda nacional, e incluso aplicaron en inversiones los nuevos créditos que llegaron con otros destinos impuestos de antemano. O sea que, en vez de cumplir con las cartillas del FMI y el BM para poder utilizar nuevos créditos stand by que aumentarían la deuda externa sin que el país hiciera inversiones, violentaron las Cartas de Intención y pusieron a la deuda y sus intereses en stand by, utilizando los capitales que debían pagar, para el verdadero crecimiento y desarrollo de la gente (del país), negociando en la práctica una moratoria o refinanciación de la deuda externa, habida cuenta de los pagos usurarios realizados anteriormente producidos por las condiciones «equivocadas» impuestas en las Cartas de Intención de marras. Latinoamérica pagó más de 7 veces su deuda externa en pocos años, y debe 5 veces más.
La deuda de Uruguay exige por pago de intereses y capital más de 8.000 millones de dólares en los próximos 5 años. Vistos los antecedentes propios y ajenos de montos, cumplimiento, condiciones leoninas y/o usureras, sería más que razonable -teniendo en cuenta el monto relativo insignificante en comparación a otros países- pactar un período de gracia por capital e intereses por los próximos 5 años (incluyendo un nuevo canje de valores bursátiles) destinando los 8.000 millones de dólares a la creación del punto de inflexión a partir del cual se puede hacer un nuevo país. El próximo gobierno ha dicho que aplicará un Plan de Emergencia de 2 años insertado en el contexto de una línea económica igual a la del gobierno de Batlle. (¡!) Después de los dos años de aplicación, ¿qué tendremos para darle a los beneficiarios del Plan de Emergencia? Sin comentarios. Al igual que con la deuda externa, se debería procurar para el endeudamiento interno (a los deudores que aún mantengan su infraestructura físico-económica) 5 años de gracia para intereses y capital, como manera de posibilitar las inversiones necesarias para la reconstrucción del aparato productivo de la Nación. No estoy proponiendo un perdonazo para la deuda externa ni la interna, sino una adaptación justa y razonable a las circunstancias que nos crearon nuestros acreedores foráneos ocasionándonos el envilecimiento econòmico que padecemos. Estamos viviendo un virtual «default», que, se concretará de seguir con la misma «línea económica Sanguinetti-Lacalle-Batlle» impuesta desde el exterior. Luchar contra el «default» esgrimiendo como armas de combate los mismos factores o elementos que lo produjeron es tan «al pedo» y contraproducente como luchar contra la inflación, lucha esta última que, por su lado es una de las causas que condujeron al «default». Si el Uruguay no reconoce y acepta de común acuerdo con sus acreedores que se encuentra en una virtual cesación de pagos, entonces mataremos al resto de la gente que aún queda en pie, para tratar de pagar la deuda «comme il faut» con la aquiescencia de los gobernantes para un espaldarazo inmoral sobre el latrocinio. Tratar de cumplir con la deuda, es «tirar la casa por la ventana», y, los acreedores lo saben y lo usan para terminarnos de liquidar. El país debe hacer jugar a su favor al «default», consiguiendo todas las prórrogas o gracias necesarias para reactivar la economía, y recién después encarar el pago de la deuda. No estoy delirando, vista la existencia en Bélgica del Comité para la anulación de la deuda del tercer mundo, integrado en forma presumible por técnicos e intelectuales que, tienen una motivación ética basada en elementos de juicio que, evidentemente han producido esa postura de una propuesta que va mucho más allá de mis modestas proposiciones. Por consiguiente, se deben priorizar y atender todos los reclamos legítimos, se debe utilizar la inflación con salarios reajustables, no se puede independizar de lo político ninguna acción o actividad, porque todos los actos de la vida son políticos (o económicos, que es lo mismo). Y por último, la depreciación internacional del dólar nunca podrá afectar negativamente nuestra economía en lo interno ni lo externo, sino todo lo contrario, y bien que lo sabe el Cr. Astori. En concreto, utilicemos el «default» y la inflación. *
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