Carlos Julio

El jueves lo fui a despedir a su despacho. Nunca milité en sus filas partidarias sectoriales. Pero mi perfil herrerista de siempre no limitó tener un profundo respeto, consideración y afecto por este verdadero ícono de mi Partido Nacional.

Blanco independiente de origen, hecho en la forja de Barrios Amorín, a quien discrepancias políticas al margen en lo partidario se pueda tener, nadie duda en señalar la pureza de sus valores éticos, marcó a fuego una conducta y amor por la causa blanca que llevó a cabo en una lucha de más de 50 años siempre en primera línea de batalla. Le tocó vivir el «pico» de su altitud mayor política en fórmula nada menos que con Wilson. Momentos tal vez de los más dramáticos del siglo XX, donde la existencia de la Patria misma estuvo en juego. Todo los que vivimos esos tiempo no pueden olvidar las noticias angustiosas anunciando que el 5º ejército brasileño estaba acantonado a guerra en la frontera misma de la Patria, prontos para la invasión si se daban las condiciones políticas internas de caída del gobierno.

Fue un hecho real. Hoy mismo los yankis, al revelar los archivos de entonces, así lo manifiestan, como también las interferencias e intervenciones en las elecciones nacionales que se birlaron a Wilson y Carlos Julio, en beneficio colorado. Siracusa mediante entre otros. Epocas y realidades que pudieron ser terminales en la desaparición incluso de la Patria Oriental. Momentos en que se tuvo en el viejo «pope», un ejemplar patriótico, íntegro y fiel nacionalista al frente de un partido abiertamente postergado y perseguido incluso después de la apertura democrática en el que se privó a su leader Wilson, «estratégicamente», ser candidato poniéndolo preso. Siempre estuvo en la primera línea de fuego.

Posteriormente y llegado el nacionalismo al poder, discrepando con determinadas líneas económicas del Presidente de turno, aun en la disidencia forzó su voto y del Movimiento que lideraba favorablemente, para no dejar al Partido en minoría habilitando su gobernabilidad. Un sacrificio político de muy buen blanco, que le costó por cierto muy caro en su interna rochana futura. Tampoco entonces, midió beneficios personales sino que puso por delante el superior de la integridad partidaria.

Se le ha criticado la defensa y postulación de sus amigos en posiciones partidarias. Crítica fuera de lugar, si tenemos en cuenta que toda organización política en el mundo protege a los suyos.

Desconozco que alguien premie en lugares claves de gobierno a enemigos. Razón del Dr. Perogrullo. En cambio, tampoco se puede dudar que sus designaciones fueron de correligionarios, honestos, capaces y dignos.

En todas las culturas del mundo, desde las milenarias hasta las actuales, la experiencia, conocimientos y hechos vividos, la madurez conceptual que dan los años, no son condiciones que se adquieran en la «botica» del barrio. Ni es aconsejable archivar ese potencial adquirido en la lucha cotidiana, en el polvoriento «baúl» de los recuerdos. La renovación de valores siempre es indispensable, Eso es cierto. pero debe acompañar la inmadurez, inexperiencia o simple empuje de ambiciones, con esa pléyade de experiencia referida que limite y pondere los embates «desmelenados».

Entre otros, es un valor agregado que tienen hombres como don Carlos. Cuando se inicie la próxima legislatura habrá una butaca vacía en el Senado. No físicamente: «alguien» la ocupará. Pero de seguro que el Partido Nacional sentirá una ausencia difícil de conformar.

La política tiene mucho barro, limo e impurezas propias de la humana ambición de intereses. Es lo usual y común tener que codearse con ellas inevitablemente.

Parafraseando entonces al poeta: «los claros timbres de los que se está ufano de salir de los combates ilesos, hay plumajes que deben bajar al pantano y no se manchan, su plumaje es de esos».

Los guerrilleros blancos, sosteniendo de la bridas a nuestros imaginarios tordillos armados a guerra, en lo alto de la cuchilla, saludamos respetuosos con nostálgico afecto, al viejo «servidor» de todas las horas que supo dar lo mejor de sí mismo, más allá del deber exigido por el «Padre» Oribe. Agur don Carlos. *

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