Escrito por: SAUL POSADA
Resulta preocupante -a lo que se añade estupor, impotencia y rabia- que Améria Latina al término del año 2004, ha pagado siete veces el monto de la deuda externa que tenÃa hace dos décadas, con el agravante de que pese a las amortizaciones efectuadas por las naciones que la integran, sus respectivos pasivos se han multiplicado. Y como no escapará al intelecto del lector, esos sublevantes resultados responden primordialmente a la falta de unidad de Latinoamérica, a la hora de encarar las negociaciones sobre los costos del servicio y la obtención de nuevos créditos.
Comporta una ingenuidad ignorar que en los momentos de discutir las pautas de esos operativos, el endeudamiento preexistente y la necesidad de recibir fondos frescos, para solventar demandas internas, inciden sutilmente para desequilibrar los contratos, que terminan por la fuerza de los hechos, siendo groseramente leoninos. Se argumenta, por quienes no ven con buenos ojos que se haga cuestionamientos que molestan a los acreedores, que con esa actitud contestataria se comprometen futuros relacionamientos. Pero tendrá que admitirse que si a los factores adversos señalados, le sumamos un comportamiento débil o sumiso donde no se puntualicen iniquidades, profundizamos la dependencia acompañada de un peaje que por su dimensión asfixian y empobrecen a los pueblos.
Recuérdese que en marzo de 1990, nuestro compatriota Carlos Pérez del Castillo -entonces secretario general del Sistema Económico Latinoamericano- advertÃa que si no se procuraba la integración regional, el continente llegarÃa al siglo XXI con sus economÃas acogotadas, premonición que hoy los testimonios de la realidad confirman. Y en el caso concreto de Uruguay -un paÃs privilegiado por la naturaleza, pero empobrecido por polÃticas donde sólo importa el mito del Mercado y la institucionalización de las desigualdades-, obliga al gobierno electo a priorizar un Plan de Emergencia, donde el designio es rescatar a importantes franjas de la población de esos flagelos, a efectos de reinsertarlas a la sociedad, con los derechos, valores y deberes inherentes a la personalidad humana.
Entre el fárrago de problemas que conforman la pesada herencia que deja el neoliberalismo, la deuda externa aflora como el más delicado, porque su puntual cumplimiento implica enormes sacrificios para la gente de bajos y medianos ingresos. Y ello, porque al tener que reembolsar los costos que se derivan de los préstamos, se produce una inevitable reducción del decoroso nivel de vida al que todos tenemos derecho.
Históricamente los organismos financieros sólo se preocupan de que en las negociaciones sus cliente honren sus compromisos, renueven documentos que aseguren la perpetuidad del pasivo, pero siempre acompañada de amortizaciones y pago de intereses, en un proceso donde la solidaridad, la comprensión y la justicia social son conceptos desconocidos.
En este contexto, es evidente la total ausencia de una consideración ética del tema, ya que no puede pretenderse que esas reglas de juego subsistan, en virtud de que las privaciones a las que quedan sometidas las comunidades endeudadas, han superado los lÃmites de la dignidad. Porque sin dejar de admitir que los contratos deben respetarse como a la ley misma, ellos pierden jerarquÃa o fuerza moral, cuando una parte mantiene cautiva o subordinada a la otra, en un marco donde el progresivo empobrecimiento deforma la voluntad de esta última.
La existencia de 230 millones de latinoamericanos en la órbita de excluidos o indigentes, como consecuencia de la filosofÃa agiotista que se describe, obligan a recrear el legado de Simón BolÃvar en lo referente a unidad continental, para que esa unión ponga fin al abuso de derecho del que somos vÃctimas.
Y sin hacer paralelismos con la conducta radical que exterioriza la administración del doctor Néstor Kirchner -por tratarse de situaciones diferentes-, es totalmente legÃtimo que Uruguay demande una revisión sustancial de los métodos que han venido imperando en materia de préstamos. *
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