A propósito de valores

En el primer encuentro entre el gobierno electo y los partidos de oposición, los dirigentes de estos últimos plantearon como puntos primordiales su preocupación por preservar la enseñanza privada y por la educación en valores.

Entendemos que las instituciones educativas privadas han desempeñado –y siguen desempeñando– un papel de relevancia (algo que el futuro ministro de Educación recalcó), pero no consideramos que el eje de la problemática de la educación en Uruguay pase por allí pues nos parece que hay otros problemas más acuciantes que exigen un debate en profundidad.

Respecto de la enseñanza de los valores, es decir de hacer que los ciudadanos incorporen valores, creemos del caso efectuar algunas puntualizaciones.

Nadie en su sano juicio podría negar que desde hace ya unos cuantos años estamos asistiendo a un descaecimiento de los valores, fenómeno que se verifica a nivel mundial y no sólo en nuestra sociedad. Todos hemos percibido cómo desde hace ya un tiempo se ha ido produciendo un alejamiento de ciertos valores que antaño estaban incorporados a la conciencia colectiva e integraban el ser uruguayo. Esta visión es coincidente con la percepción más o menos generalizada en la opinión pública y es, por tanto, un dato de la realidad. El doctor Batlle, a comienzos de 2001, había sugerido, con el objeto de combatir esa falta de valores que se constata en la sociedad actual, la incorporación de preceptos religiosos en el entendido que ello ayudaría a paliar esa carencia.

La iniciativa no tuvo eco, entre otras cosas, porque primó la idea de que no hay certeza alguna de que la incorporación de principios religiosos en la enseñanza pública produzca el efecto deseado.

En realidad, parecería que la crisis de valores a la que asistimos no es producto de la falta de educación religiosa, sino más bien de la primacía de ciertos antivalores -valores inmorales y anticristianos- que la globalización actual propugna como ideal, como meta a alcanzar y como medio hábil para lograr otras metas.

El capitalismo -y su versión posmoderna exacerbada- fomenta el individualismo a ultranza, la competitividad de los individuos entre sí, el afán de lucro como motor, la posesión de bienes materiales como fin supremo. Ya no importa lo que se es, sino que ha triunfado el «tanto tienes, tanto vales»; hemos pasado del ser al tener y al parecer. Lo opuesto a lo que enseñó Cristo y por lo que fue condenado.

Entonces, ¿cómo conciliar el sistema de valores del auténtico cristianismo -valores humanistas y de profundo contenido moral, la mayoría de ellos válidos también para los ateos- con el sistema de disvalores del capitalismo salvaje que pretende imponer su lógica inmoral a todo el planeta?

He allí la gran contradicción. De poco vale la incorporación a la enseñanza pública de valores religiosos (como la humildad, el amor al prójimo, o el ofrecer la otra mejilla), si los individuos, desde niños, están bombardeados desde los medios masivos por una permanente incitación al hiperconsumismo. ¿Es posible compatibilizar la solidaridad con el individualismo? Basta ver quiénes son los héroes, los prototipos, los modelos a imitar, los triunfadores de hoy, para advertir la flagrante contradicción entre ambos sistemas de valores.

No se trata pues de que en la escuela pública no se inculquen valores, sino de que los disvalores promovidos por el sistema se han impuesto sobre aquéllos. Allí es hacia donde hay que apuntar los esfuerzos. *

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