Una huelga de hambre en San Carlos

No se trata del ayuno forzado al que están condenados más de 100 mil personas en el país a consecuencia del despiadado flagelo de la desocupación. No es otra cosa que un molesto aporte al conocimiento de las nuevas generaciones de sucesos que son parte de la historia de las ciudades, aldeas y parajes que conforman el territorio nacional.

Sabido es que la huelga es un derecho incorporado a la Constitución y es, entre otros, el instrumento de los trabajadores para lidiar con las empresas y los poderes públicos por mejorar sus condiciones de vida. Para Rafael Barret toda huelga es justa mientras haya salario. No pretendemos que el ministro Pérez del Castillo comulgue con ese pensamiento, pero debería tenerlo en cuenta cuando presiona y amenaza con aplicar la odiosa y represora Ley de Servicios Esenciales.

En todas las localidades asoma siempre un personaje que por diversos motivos opera como referente. Lo es, ya sea por su cultura, talento, comportamiento y, fundamentalmente, por su vocación de servicio. El doctor José A. Frade, más conocido por Pepe, acuñaba todos estos atributos y muchos otros. Diríamos que fue un bohemio militante, prisionero de sus principios, convicciones y sentimientos de los que nunca abdicó. Ejerció con responsabilidad y ponderación la presidencia de la Junta Departamental y total dedicación como profesor en el liceo de San Carlos. En tanto, descuidó su profesión de abogado y por eso vivió afrontando dificultades económicas.

Fue asesor del sindicato de la fábrica IMSA. Los trabajadores estaban en conflicto desde hacía tres meses y no se vislumbraban posibles soluciones. La situación se hacía insostenible. Una asamblea del gremio –y a pedido de sus dirigentes– resuelve decretar la huelga de hambre. Se instalaron ocho en total, incluido Pepe frente a la cancha del club Atenas. Nos pide por intermedio de un amigo que fuera a verlo. Las órdenes de los jefes están para ser cumplidas o si no, que lo desmienta el ministro Fau. «Te llamé –me dijo– porque sé que tienes experiencia en esto»; y agregó: ¿qué hay que hacer? Nuestra respuesta no se hizo esperar, porque para estos casos no hay dos bibliotecas. «Aguantar», le contestamos. Razones obvias no nos permiten repetir su contestación. El lector lo imagina. Lo importante fue que la huelga duró pocos días, terminó con la capitulación de la empresa.

Corresponde aclarar que cuando Pepe se refería a nuestra experiencia, sabía que en dos oportunidades apelamos al mismo recurso. En mayo de 1936 lo hicimos con otros compañeros recluidos en el Batallón de Seguridad de Asunción y en diciembre de 1948 en la cárcel. No resistimos a la tentación de relatar un episodio de características diferentes pero están emparentadas como instancias que deparan las luchas por la justicia social, contra las iniquidades. Ocurrió también en tierra guaraní en 1941 durante la dictadura del general Morínigo. Nos habíamos evadido del confinamiento a que estábamos sometidos en una localidad del interior. Meses después nos detuvieron en la capital. Teníamos necesidad por razones de seguridad que la población supiera dónde estábamos y entonces acudimos al recurso, meramente formal, del hábeas corpus. De cualquier modo teníamos que justificar nuestra presencia ante los cinco miembros de la Suprema Corte. Salimos del paso reivindicando la fuga como un derecho ante la prisión injusta. Pensamos sentar jurisprudencia y nos sentaron nuevamente en la añosa cárcel de la calle Comuneros que, desde hace décadas, es sede de la Universidad Católica.

Las complicaciones de un asma crónico que lo aquejó desde joven, un 15 de agosto de 1975, a los sesenta fecundos años de edad, Pepe iniciaba la partida sin retorno. Recordamos que el doctor Carlos Quijano habló en el entierro. Con el advenimiento de la democracia, en las elecciones de 1985 y por primera vez, la izquierda de Maldonado llega al Parlamento; su representante, el profesor Ramón Guadalupe, con su proverbial humildad y acrisolada honestidad personal y política, expresa en un acto público: «tengo plena conciencia que esta banca no me pertenecía». Pensaba en Pepe. Nosotros también.

Desalojados los usurpadores del poder con el veredicto de las urnas, el electo Intendente de Maldonado, Benito Stern, en un acto de estricta justicia, recoge la aspiración y el clamor popular y dispone la erección de un busto del abanderado de causas nobles. Hacía años que un escultor amigo lo había modelado con amalgama de metales de uso corriente y lo tenía escondido en el sótano de una finca. Afirmado en una base de hormigón, hoy luce en la avenida Rocha de la ciudad carolina.

Con esta tímida semblanza evocamos al amigo y compañero con el que compartimos muchas jornadas, pero que no tuvo nuestra suerte de poder asistir al evento histórico de acceso del Frente Amplio al gobierno nacional, para conquistar el poder y promover las transformaciones por las que él tanto combatió. *

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