Transiciones
Estamos en tiempos de transición. En la cabeza de la gente en general, que está acostumbrándose de que aquello con que tanto la han asustado durante años –la llegada de un gobierno de la izquierda– por fin se ha dado y observan con atención mayor que en otros cambios de gobiernos, la preparación del elenco que conducirá los destinos de nuestro país en los próximos cinco años. También en la cabeza de los actuales gobernantes que deben equilibrar su decepción por tener que abandonar lo que fue durante más de cien años un coto privado de cúpulas bipartidarias, con su obligación de no empeorar las cosas más de lo que están, aunque, si se puede, dejar algún amigo atornillado.
Pero hay transición –y es la que me interesa conversar con usted hoy– en la cabeza de los frenteamplistas, especialmente aquellos que hace tiempo que lo somos.
Porque nosotros hemos construido y hecho crecer una fuerza política con grandes valores políticos, éticos y morales, desde una cultura de oposición. Y la hemos ejercido desde la acción que comprometía nuestra propia integridad física. Algunos desde la huelga, la manifestación callejera corriendo delante de las fuerzas de choque; otros desde la lucha guerrillera; muchos desde la clandestinidad, la cárcel y el exilio durante mucho tiempo. Todos organizando puebladas y plebiscitos de consulta a nuestros iguales. Nuestra reflexión en estos momentos debe encaminarse, a mi juicio, a evitar que esa cultura se transforme en un reflejo condicionado hacia toda acción de gobierno.
El Frente anticipó esta posibilidad y creó, hace ya dos años casi, una comisión de trabajo de relacionamiento entre la fuerza política, el gobierno y la sociedad civil. Fue un trabajo muy rico y enriquecedor. Porque a medida que se analizaban los posibles problemas supervinientes, se avanzaba en la toma de contacto con las distintas expresiones de organizaciones de la sociedad, para conocer sus características, sus inquietudes y ponernos de acuerdo en las vías más aptas para hacer fluida la relación. Ese trabajo dio lugar a un documento que fue considerado en el último congreso del Frente (Héctor Rodríguez) y culminado en un Plenario Nacional en abril de este año 2004. Ahora ha llegado el momento de aplicar lo que allí aprobamos. Pero aplicarlo todos: los que deban desarrollar tareas de gobierno o dirección de la fuerza política, en sus múltiples formas, y los que no, pero que son tan frenteamplistas como el que más, porque esta victoria histórica la construimos entre todos y, por ende, nos pertenece a todos.
Y aquí llega lo más complejo. Entre todos hemos aprobado un programa y un plan de gobierno coherente con él. Corresponde ahora aplicarlo, sabiendo desde el vamos que la velocidad y la rigurosidad en dicha aplicación no dependen de nosotros mismos únicamente. Ese plan de gobierno debe implantarse en un país real, que ya viene funcionando con muchas cosas que a nosotros no nos gustan, pero que, para sustituirlas o cambiarlas se requiere tiempo, inteligencia, tesón y mucha mano izquierda. Creo que no ayudamos demasiado si nos recluimos en eslóganes y apelaciones a principios fundacionales ante cada dificultad, cada episodio, cada determinación. Muchas veces, actuando de esa manera llegamos a posiciones que coinciden objetivamente con las de los que están en nuestras antípodas ideológicas. Pedro Jauri, que fue un maestro, nos enseñó que –dado que la tierra es redonda– debemos reparar en que alejándonos permanentemente por la izquierda, podemos amanecer cualquier día en la extrema derecha.
¿Esto significa renunciar de nuestra tradicional y sana actitud crítica? ¿Cerrar o minimizar la actividad de la fuerza política supeditándola al protagonismo del gobierno? No, de ninguna manera. El documento mentado dice claramente que debe existir una autonomía relativa entre el gobierno y la fuerza política, sin que ninguno sea dependiente del otro, habida cuenta de que los tiempos y las urgencias de ambos son diferentes. El gobierno es el hoy, el cada momento, mientras que la fuerza política, más pausada, analiza el hoy pensando en el futuro. Este simple párrafo fue especialmente debatido en el Congreso del Frente y se laudó con votación –la última, porque después de ella quedamos sin quórum– tal cual lo marcan los estatutos.
Muchas veces nos ocurrirá que no comprendamos o no compartamos alguna resolución del gobierno. Será el momento bueno para discutir con la voluntad de comprender o ayudar a enmendar, si cabe. Pero discutir no equivale al atrincheramiento en la consigna que sintetiza el objetivo, ignorando el a veces sinuoso y siempre complejo camino por recorrer para que plasme el acercamiento al objetivo.
Para mí, gobernar es eso. Y mientras escribo para compartir estas reflexiones con usted, voy haciendo la transición en mi propia cabeza. *
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