El coloradismo en busca de identidad

La pésima performance electoral colorada ha movido a su dirigencia a replantearse tanto el perfil ideológico de la colectividad de Rivera cuanto su funcionamiento orgánico en busca de formas de remontar el magro resultado obtenido en las urnas el pasado 31 de octubre. Con una escasa representación parlamentaria y sin perspectivas ciertas de conquistar algún gobierno municipal en mayo próximo, el otrora poderoso Partido Colorado no dispondrá de espacios ni de herramientas para revertir una situación alarmante.

Por ello es explicable el afán de la dirigencia por un aggiornamento y una actualización ideológica.

Esta preocupación no es nueva. Cuando los resultados de la gestión del gobierno actual encabezado por el doctor Jorge Batlle empezaron a hacerse visibles y la población empezó a sufrir sus efectos, el coloradismo se planteó la necesidad de proceder a una modernización y a una redefinición ideológica que le permitieran mejorar su imagen a los ojos de la opinión pública. Los hechos demostraron que tales afanes fueron inútiles, puesto que el electorado dio la espalda a una propuesta vaga, expuesta sin convicción por la fórmula presidencial.

El viejo partido de la Defensa contó, a partir del liderazgo de José Batlle y Ordóñez, con una sólida definición doctrinaria con muchos puntos en común con la socialdemocracia; y si bien es cierto que albergó fracciones conservadoras, éstas fueron siempre minoritarias y sin peso real o decisivo en los lineamientos programáticos.

Después del interregno conservador que supuso la dictadura terrista y los gobiernos más o menos anodinos que la sucedieron, el liderazgo de Luis Batlle Berres reorientó al partido hacia posturas progresistas. El neobatllismo de los años cincuenta retomó la impronta socialdemócrata que el coloradismo había tenido en las tres primeras décadas del siglo pasado.

Pero a fines de los sesenta, después de dos administraciones nacionalistas, el partido de Batlle fue prácticamente monopolizado por la derecha, merced al síncope cardíaco que ungió a Pacheco Areco. Desde entonces, la izquierda colorada fue perdiendo terreno hasta casi desaparecer, y la dirigencia notoriamente conservadora se vio en figurillas para compatibilizar la «batllelatría» histórica con el neoliberalismo que es hoy su modelo.

Por medio del programa conocido como «Revolución del Centro», esa dirigencia intentó convencer al ciudadano de que el partido –no obstante su vocación modernizadora– sigue siendo fiel a los ideales de don Pepe, tratando de ubicarse en el «centro político», esa vaga e imprecisa zona incontaminada de extremos que goza de un incuestionable prestigio.

Según se ha informado recientemente, la dirigencia partidaria se halla abocada a una puesta a punto ideológica. A tales efectos, busca inspiración en documentos emanados de diversas colectividades políticas extranjeras: el Partido Obrero Socialista Español y el Partido Popular pueden nutrir doctrinariamente al coloradismo, según parece.

Aunque cueste comprender cómo compatibilizar dos propuestas y dos visiones del mundo antagónicas, tal vez la dirigencia piensa encontrar en esa contradicción el numen inspirador para su actualización ideológica.

También los dos partidos tradicionales estadounidenses –demócratas y republicanos– ofrecen, aparentemente, bases doctrinarias seductoras para la dirigencia colorada.

No nos corresponde inmiscuirnos en asuntos de un partido que no es el nuestro, pero debemos expresar nuestro deseo de que los partidos –todos los partidos– se vigoricen, pues ello es beneficioso para la salud de la democracia. *

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