La reforma educativa ha de ser permanente
La educación actual funcionó bien en la era industrial. Para la era del «conocimiento» (me gusta más llamarla «de la inteligencia aplicada») requiere de una modificación estructural fuerte. Más para un país que debe desarrollarse. Más para un país que presenta problemas sociales graves. Los países son su gente. El valor económico fundamental hoy es su inteligencia. La mejor manera de conseguirla es con sistemas educativos que evolucionen permanentemente.
Si hay un concepto que se ha repetido mucho respecto a la función de la enseñanza «actual» es el de «aprender a aprender«. Siempre lo encontramos como un logro a alcanzar por los alumnos.
Sin embargo me he preguntado qué pasaría si analizáramos nuestros sistemas educativos por su capacidad de aprender y de «aprender a aprender». ¿Qué pasaría si le pedimos al sistema que abandone por un momento una idea de «enseñar» que le puede generar una postura hasta omnipotente y soberbia? Así como muchos docentes tratamos de no olvidar que en una buena clase se enseña y se aprende mucho por parte de todos los partícipes, ¿podrá asumirlo el sistema como tal? ¿No sería saludable que los sistemas educativos enseñen y aprendan?
Un sistema que fuera aprendiendo del entorno y de sí, necesariamente iría apreciando errores y aciertos, y esto lo llevaría necesariamente a cambiar.
Claro que la idea de cambio constante no es novedosa: Heráclito ya la planteaba hace «nada más» que dos mil quinientos años. Para nosotros hoy los cambios son más evidentes que para otras generaciones humanas, dada la velocidad con la que se producen los mismos en todos los ámbitos. Sin embargo en el ámbito educativo esto no parece tan fácil de apreciar. En nuestros sistemas el cambio ha sido resistido mucho más de lo que reconocemos.
Las Escuelas Experimentales, que hubieran sido una innovación pedagógica trascendente a nivel internacional cuando surgieron, a unos 50 años de la Revolución Vareliana, «se acotaron en fase piloto» (sin extenderse)… hasta que la dictadura las terminó. El plan 63 surge al constatarse que lo existente no respondía a las necesidades de ese momento, o no respondería a las futuras. También hubo resistencias, y también lo terminó la Dictadura.
Pero no nos engañemos, ni seamos simplistas: esta no fue ni es la causa de todos los males en Educación.
Es normal que ante todo cambio surja una corriente contraria. El problema es que en nuestro medio parece que se ahogan los cambios antes de que nazcan o se extiendan. Y ese ahogo se produce remitiéndonos a un pasado no muy cercano: la ley orgánica del 58, el plan 41, la UTU de Arias (década de los 30 y 40), la escuela de Varela. Todo tan glorioso como fuera de época.
Ultimamente, para cada modificación que se intenta, aparece alguien que invoca a «todos los involucrados» que «no fueron consultados». Hasta ahora los trabajos de elaboración de reformas se han realizado con personal nacional. Mayoritariamente es personal vinculado a la educación. En algunas reformas se han tomado propuestas de las Asambleas Técnico Docentes, en otras éstas participaron, al menos hasta cierto momento. O sea que la afirmación de que «todos los involucrados» han sido dejados de lado es al menos inexacta. Creo que sí ha habido problemas de conducción en todos los casos: a veces por exceso de autoridad, a veces por exceso de amplitud para la discusión. En el primer caso una consecuencia visible puede ser la discusión polarizada e inconducente; en el segundo que escaseen las innovaciones o sean irrelevantes.
Convengamos en que en todos los campos, en toda organización, una política de cambios surge de una necesidad y requiere de liderazgo. Ese debe ser capaz de conducir, de rodearse de cuadros proclives al cambio, de recoger y cristalizar aspiraciones de los actores del proceso (alumnos, padres, sector productivo, docentes), y discutir con ellos acerca de las propuestas.
Pero no idealicemos los «debates de toda la sociedad». Uno puede convocar a asambleas populares para debatir la educación del futuro. Es bien democrático. Pero si se realiza en una población marginada, por ejemplo, donde la falta de formación o de información sea grande, seguramente haya que ponderar muy cuidadosamente los resultados: será imprescindible para conocer las necesidades, pero requerirá de respuestas profesionales para colmarlas. Uno puede realizar asambleas con «todos» los docentes (nunca van a asistir todos) muy productivas. Pero si un día se encuentra con que en una asamblea están defendiendo cada uno su materia y su carga horaria, no hay reestructuración posible. Por último: uno puede tener la voluntad que quiera, con respaldo de asamblea y todo, pero si lo que logra va en contra del desarrollo de las fuerzas productivas, la educación que piense va a estar fuera de foco inevitablemente.
El conocimiento evoluciona muy rápidamente. Los sistemas educativos no pueden tener ritmos de cambio muy lentos. Seguramente si nos pasamos cinco años discutiendo el rumbo, cuando terminemos, lo que hayamos logrado ya va a quedar viejo, con las metas escasas y los medios caducos. Internet en Uruguay no tiene 10 años aún, y la TV cable, similar. ¿No habrá cambiado nada desde entonces?
Necesitamos una educación flexible, capaz de evolucionar permanentemente y que asimile sistemática y rápidamente los cambios materiales y sociales que se produzcan en el futuro. *
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