Etiología, diagnóstico y ¿terapia?

Debo dejar en claro antes que nada –sin que ello signifique arrogarme infalibilidad de juicio– que he leído algunos artículos del señor Mario De Souza que han conformado mi opinión de que es un periodista-ejemplo, no sólo de cómo debe adaptarse el «mensaje» al espacio disponible, sino de cómo al mismo tiempo mantener la sustancia y el efecto, todo ello combinado con veracidad de información y un criterio racional de opinión.

Pero creo que con respecto al artículo «¿Asociaciones lícitas para delinquir?» (LA REPUBLICA 16/11/04) conviene hacer algunas precisiones.

Estoy en un todo de acuerdo con las afirmaciones del periodista pero, como el tema viene al caso, por la postura que hace un tiempo le escuché al senador José Mujica en la que opinó que no debería existir «secreto bancario» para los deudores, es bueno desvirtuar la posición generalizadora del legislador porque es errónea, debiendo reconocer no obstante al mismo tiempo que De Souza particularizó sólo sobre Sociedades.

El error de Mujica es haberse expresado –creo– teniendo en cuenta sólo al reducido grupo de grandes deudores privilegiados que siempre han existido a través de influencias non sanctas. Dichas personas y/o «sociedades» siempre han tenido enormes créditos, «no reembolsables» independientemente de que hubiera o no crisis económico financiera.

Pero, muy otra cosa es el endeudamiento general producido por la propia política del gobierno que, luego de producir la crisis con total impunidad, se permite la insolencia de inventar grados ascendentes de endeudamiento que representan el tenor de viabilidad-inviabilidad del deudor, para favorecer –por supuesto– al sistema financiero. O sea que, gente que se endeudó trabajando con el apoyo del Banco –sobre todo en el sector rural– vio con asombro cómo el gobierno la hundió y el banco «le retiró la confianza» por causas que no produjo el deudor.

Aclaro que no conozco qué dice la ley sobre secreto bancario, pero es obvio que los que debemos llamar deudores de buena fe, han quedado a merced de las grandes sociedades y/o grandes capitales oportunistas poseedores de información privilegiada proporcionada por funcionarios venales, cosa que se ha concretado en los hechos (compra de campos, haciendas, maquinaria, etc. por un valor vil), lo cual ha tenido su paliativo momentáneo debido al «boom» de la soja que impulsó a los productores argentinos a «invadirnos» y achicarle los réditos a los capitales rapaces. También el ganado tuvo su mejora a pesar del retaceo de los frigoríficos que se quedan con la parte del león en un negocio con EEUU que enajenó nuestra soberanía en política exterior, cosa que puede subsanarse accediendo a los aun mejores mercados de extremo oriente.

La verdadera categorización de deudores la debe preceptuar la ley de secreto bancario, estableciendo operadores de buena fe y de mala fe, posibilitando que en relación a los últimos el Poder Judicial, y sólo el Poder Judicial, pueda levantar circunstancialmente el secreto bancario.

En términos generales, nuestro ordenamiento jurídico debe cambiar y/o adaptarse puntualmente a nuestras propias determinaciones basadas en nuestras propias necesidades, sacudiéndose el yugo de las imposiciones foráneas tal como lo manifiestan incluso algunas importantes voces como Stiglitz (Premio Nobel de Economía) y Krugman (economista «star» de EEUU) que hasta hoy integraban el staff de los grandes primates de la economía mundial, pero que aún no han tomado distancia de las filas de la economía de mercado. Pregunto: ¿realmente existe la economía de mercado? Contestar que sí, es la hipocresía global más flagrante de las últimas décadas.

Hace un par de años, desde esta misma columna he abundado sobre el tema, pero es bueno enfatizar nuevamente que la izquierda siempre ha transitado más o menos lejos de la línea que diferencia capitalismo de capital, lo cual significa igualar ambas cosas con una mirada corta e inconclusa. Tampoco son lo mismo la religión y la religiosidad, ni el cliente y el clientelismo, ni la oscuridad y el oscurantismo, etc., conceptos que contraponemos como intento de demostrar gráficamente la diferencia profundamente antagónica entre capitalismo y capital. Capitalismo no es sólo la forma de ganar lo máximo posible en el menor tiempo posible, sino que es hacerlo a como dé lugar, pisoteando, oprimiendo, matando, estafando, etc., anteponiendo la acumulación de bienes a toda valoración ética de los perjuicios ocasionados a terceros. No otra cosa es la economía de mercado, en la cual la tararira se come a las mojarras, lo cual es el único efecto real de un sistema cuyo único fin es la deglución de la indefensa presa por el gran depredador, por medio de proteccionismos y aranceles varios, y cartas de intención que toman por asalto la soberanía preceptivizando «propuestas» leoninas, y privatizaciones que esclarecidamente la gente de este país ha rechazado. Todo esto desviste a una en principio «femenina» economía de mercado que, al quedar desnuda en el escenario, muestra irremediablemente su fálica y masculina agresividad, demostrando que la «señorita» panacea en realidad no existe. Todo ello es corroborado aquí, en lo interno de nuestro país, por el agiotaje de oligopolios privados (frigoríficos, cooperativas, barracas de lana, cerealeras, molinos, bancos) que además canalizan hacia el productor rural el perjuicio cambiario del manejo nada libremercadista que el gobierno hace de la moneda, para controlar la inflación como un favor al primer mundo.

El capital, da lugar o no, a que se desarrolle el capitalismo.

El capital es un conjunto de bienes en propiedad de un individuo o una empresa que aspira también a ganar lo máximo posible en el menor tiempo posible, pero que debe estar siempre conciliado con el derecho natural o ético de los demás y no debe prolongar su nombre con el excluyente y funesto ismo. Decimos derecho natural porque nuestro ordenamiento jurídico-institucional está plagado de leyes, decretos, reglamentaciones e institutos que son inmorales, verbi gratia el conjunto de operadores y normas que manejan la comercialización de productos agropecuarios, y la presencia de entidades oficiales que dentro de sus cometidos ostentan el más importante de violar sistemáticamente la privacidad indispensable del negocio rural, posibilitando todo ello el uso de información privilegiada por capitalistas de la industria frigorífica, el latifundio, la intermediación, monopolios varios, etc., y retaceando y/o falseando información de mercados internos y externos muy necesaria para la toma de decisiones en el negocio agropecuario y su redituabilidad. Lo del título. El boticario deberá esforzarse mucho en sus pócimas y maceraciones, porque además la botica, a pesar de «tener de todo», está muy revuelta. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje