Mientras reflexionamos
Estamos convocados a emitir opinión, mediante voto secreto, respecto del futuro gobierno en los próximos cinco años. La convocatoria lleva implícita la obligatoriedad. Es decir que tenemos el derecho de votar, aunque también se nos exige la obligación de votar. Nosotros, la inmensa mayoría de los uruguayos, pasamos por alto eso de la obligatoriedad, porque votamos con entusiasmo y responsabilidad. Fíjese cómo será la cosa, que miles de compatriotas que viven en el exterior se están desplazando hasta estas tierras nuestras para tener la posibilidad de votar. A muchos de ellos les sale caro, pero no les importa.
Es que Uruguay, en el conjunto de los países americanos, es el que aparece permanentemente como puntero en la adhesión a los valores democráticos. Somos muchos miles los que hemos priorizado la defensa de la democracia a la comodidad o el interés personales. Nuestro pueblo en su conjunto ha hecho mucho por defender, recuperar y perfeccionar la democracia. En ese terreno, siempre estamos pidiendo cancha.
Usted sabe que la democracia es una utopía hacia la que apuntamos, procurando acercarnos lo más posible a ella. Y porque sabemos que es una utopía, designada así nomás, le agregamos un adjetivo que expresa a qué altura del camino hacia la utopía se detiene la democracia que practicamos. A la nuestra le agregamos el adjetivo representativa; es decir, no ejercemos todos nosotros directamente el gobierno de las cosas comunes, sino que lo delegamos en un grupo de personas para que lo hagan en nuestro nombre. Esas personas son las que elegiremos este domingo 31.
Por lo tanto, el ejercicio del voto es el acto supremo en el sistema democrático que elegimos tener los uruguayos. De la suma de todas nuestras voluntades individuales, que se encauzan en vectores con afinidades ideológicas, programáticas y de estilo de acción, resultará la composición de los elegidos.
Pero yo quiero agregar dos elementos más que acercan nuestra democracia representativa a la democracia sin adjetivos. El primero es el que tiene que ver con la posibilidad de que disponemos los orientales para proponer y decidir en plebiscitos y referendos asuntos que nos incumben a todos, asuntos a los que damos importancia especial, y sobre los que queremos opinar todos, más allá de los representantes que hemos elegido. Es más: algunas veces hemos juzgado leyes que han sido votadas por los representantes elegidos por nosotros mismos.
El segundo asunto es más sutil pero vale igualmente. Normalmente, en el funcionamiento de la democracia representativa, se asignan cupos de representantes a cada circunscripción electoral, lo que trae aparejado que muchas veces la composición del Parlamento electo no concuerda con el apoyo explícito de los ciudadanos. Por ejemplo, en las democracias europeas, es normal que un partido triunfador ostente más del cincuenta por ciento de los representantes electos, habiendo obtenido apoyos ciudadanos bastante menores de la mitad del electorado. En el sistema electoral uruguayo, ese defecto se corrige a través de lo que se denomina tercer escrutinio, que es el que subsana las desviaciones de respeto a la opinión ciudadana, aunque se descuide el cupo de bancas de diputados en cada departamento. A la hora de elegir, los uruguayos hemos priorizado el respeto estricto de la voluntad de los compatriotas.
Y un último asunto para reflexionar. Así como es cierto que somos el pueblo americano que más confiamos en la democracia, también lo es que manifestamos un alto nivel de insatisfacción respecto del funcionamiento de nuestra democracia.
Yo creo que este último elemento resalta aun más nuestra adhesión democrática. Porque estamos seguros de que la herramienta es la mejor y por eso adherimos a ella; pero, al mismo tiempo, expresamos disconformidad con los resultados que esa herramienta nos ha aportado hasta el presente.
Creo que lo más importante radica en que ratificamos las certezas y tratamos de reencauzar el camino –siempre en la misma nave– con tozudez, perseverancia, confianza y en paz. La consulta electoral de este domingo, tiene, en este sentido, una importancia muy especial. *
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