Colón y Sarandí: calles y fechas que se cruzan

Los que no solo hablamos en castellano sino que también pensamos en castellano, hurgamos en nuestro pasado el origen de nuestra identidad.

Poco se sabe del período entre 12 de octubre de 1492 y el 12 de octubre de 1825, la batalla de Sarandí. Trescientos treinta y tres años después del descubrimiento, comenzaba nuestra disgregación política. De aquellos primeros trescientos años tan olvidados y depreciados, se pueden sacar normas de buen gobierno. El primer imperio mundial hablaba nuestro idioma y duró tres siglos. Fue organizado en menos de treinta y cinco años. Regido por el mismo estado de derecho, en pie de igualdad jurídica, con los reinos de Castilla y Aragón. Así se dirigían al Rey los Consejeros de Indias: «Nuestro Consejo real, al establecer leyes e instituciones de gobierno en las Indias, tiene que asegurarse de que esos Reinos sean administrados de acuerdo con la misma forma y el mismo orden que Castilla y León, hasta donde lo permitan las diferencias de países y pueblos».
Cada 12 de octubre, los Americanos del Sur somos sometidos a un baño de culpa. Culpa de todos los crímenes de la humanidad, de haberles robado a los indios su tierra, de estar aquí, hasta de hablar castellano. ¡Somos tan infelices que hasta cuando decimos «americanos», pensamos en los del norte! Deberíamos arrojarnos al mar, para dejarles libre el territorio a los «americanos». ¡Tal vez eso era lo que se proponían los memorables «vuelos de la muerte»! Somos los únicos seres del mundo que debemos sentirnos permanentemente avergonzados de nuestro origen y de vivir donde vivimos. ¡El suelo que pisamos nos debe quemar los pies! Debemos sufrir la historia, sin asumirla, flagelándonos las espaldas por el «pecado original» de la conquista. ¡Basta ya de autoflagelación! Nos quieren convencer de que no sólo no tenemos futuro, porque somos pobres, «no tenemos capital», vivimos en el «culo del mundo», «nadie nos conoce», «no somos nada en el mapa», «somos una raza indolente», tampoco «tenemos pasado», «somos un país joven», sin historia digna de ser recordada. Y para colmo de males, tenemos un espurio origen. ¡Hijos de un estupro histórico!

Los angloparlantes andan por el mundo, prósperos y orgullosos de su madre patria isabelina. No les pesa la decapitación de María Estuardo, ni todos los crímenes y robos de Isabel I. No les pesan sus genocidios y los de sus cipayos, en los cinco continentes, desde India a Paraguay. No andan pidiendo clemencia al mundo por las tierras que habitan. Del período que sucedió a la batalla de Sarandí, apenas podemos explicar nuestra indefensión política actual, nuestra absurda segregación de los pueblos americanos, el ajeno designio de Estado tapón. Los liberales cipayos de Inglaterra, hicieron «patrias del tamaño de su ambición», pequeñas y mezquinas. Trataron de levantarse sobre sus complejos de inferioridad, despreciando el pasado americano e hispánico. Elevando a la categoría de «historia nacional» las epopeyas familiares de milicos y viejos oligarcas que nos uncieron a la coyunda del imperialismo angloparlante.

Lo que viene luego de la Batalla de Sarandí aquel 12 de octubre de 1825 es la batida en retirada del proyecto americano. Los Libertadores, Artigas, Bolívar y San Martín, trataron desesperadamente de mantener las unidades administrativas del mundo castellano. Independencia y unidad era la consigna bolivariana. Libertad y Federación, la Artiguista. Los tres libertadores fueron vencidos por la conjura de los mercaderes de los puertos asociados a la industria inglesa. Conjurados en sectas unitarias los liberales nos sumieron en la anarquía y en la miseria durante todo un siglo. La cruzada libertadora desemboca, a instancias del gran traidor a la causa americana que fue Rivera y su facción liberal, en la segregación de la Banda Oriental y la imposición de la «solución inglesa», instrumentada por Lord Ponsomby, el «Estado tapón».

Coherentes con esa concepción, el partido rosa no ha hecho otra cosa en estos últimos veinte años, que convertir al Uruguay en país «quinta columnista» dentro del Mercosur, boicoteándolo, tanto con su política económica en lo interno, y en lo externo con su diplomacia claudicante. Hoy el proyecto americano resurge. El Mercosur, paso previo imprescindible hacia esa unidad, ha sido reiteradamente boicoteado aquí, por los cipayos del partido rosa. Los pueblos, como los tigres, tienen manchas. ¡Pero quien quiere el tigre, quiere las manchas! La memoria colectiva, eso que llaman historia, sólo tiene sentido si sustenta nuestra identidad y fundamenta nuestros proyectos de futuro. Será tarea de los nuevos gobernantes americanos, «administrar justicia abundante», en el seno de nuestros pueblos. Gobernar la Patria Grande como un todo, «hasta donde lo permitan las diferencias de países y de pueblos».

¡Que así sea! *

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