El "Loco Berrueta", los fantasmas y "los trico"
El miércoles de nochecita salí a caminar por el centro de Montevideo. Decidí zambullirme en la vorágine de una ciudad agitada, pero que se me aparecía feliz. Tanto que las bocatormentas sonreían, las baldosas flojas en lugar de salpicar aguas fétidas, exhalaban una especie de perfume de jazmines, que según suele decirse es el aroma definitivo de la esperanza y los plátanos que siempre en primavera nos ametrallan con esa pelusita molesta que nos irrita los ojos y los llena de lágrimas, alfombraban las veredas con una especie de polen milagroso, que nos rejuvenecía unos treinta y pico de años a los más veteranos, y a los más gurises los maduraba sin hacerles perder la frescura.
Y no fui solo. No podía ir solo. Convoqué para ir conmigo a decenas de mis queridos y más recurrentes «fantasmas». Inútilmente intenté calzarme el mismo vaquero de la primera vez. Entonces tenía muchos kilos menos, y una infinidad de almanaques para gastarme. Busqué en el enorme baúl de mis recuerdos y encontré para ponerme encima una antigua y hermosa esperanza.
Me la probé, se mantenía intacta a pesar de los años y algunos remiendos que no había podido evitar en momentos aciagos.
Y con ella pegada a la piel salí a la calle. Y descubrí que había miles y miles y miles de miles como yo, que habían salido a la calle también poniéndose como único vestido una muy parecida vieja esperanza. Y nos mirábamos reconociéndonos, aunque nunca antes nos hubiésemos visto. Y vi también que éramos miles los que no habíamos querido ir solos y habíamos invitado a nuestros fantasmas para compartir aquella nochecita de primavera montevideana. Y a juzgar por nuestro aspecto, éramos miles también los que estábamos convencidos de que la esperanza no había pasado de moda.
Desde los balcones aleteaban las manos agitando mensajes a lo largo de la enorme avenida, la misma en que treinta y pico de años atrás había recorrido –con el vaquero y las alpargatas aún salpicadas por el engrudo de la última pegatina– de la mano de aquella gurisa, en medio de una nochecita parecida, con la que después terminamos haciendo el amor en la playa del Buceo a la luz de la luna.
Estoy seguro de que ni ella se acuerda cómo me llamaba yo, de la misma forma en que yo tampoco puedo recordar su nombre. Pero no puedo olvidarla, porque en esa misma playa donde hicimos el amor aquella noche, en el amanecer del lunes siguiente, lloramos los dos, junto a muchos más, la primera gran desilusión de nuestras vidas.
Les decía que el miércoles de nochecita me reencontré con Montevideo. Y anduve hasta tarde escuchando las canciones que mil veces yo mismo he cantado y sumándome a los coros improvisados que salían desde cada esquina, convocando a una especie de carnaval imaginario, en el que cada cual cantaba, bailaba o simplemente vivía a su antojo.
Pocas horas antes, en el viejo Parque Viera del Prado, refugio de los bohemios del Montevideo Wanderers, el Club Nacional de Football se había consagrado Campeón del Torneo Apertura del fútbol uruguayo.
El Loco Berrueta («bolso» perdido) que venía con una curda reenganchada desde dos semanas atrás, se bajó como pudo del ómnibus a dos cuadras del Palacio Legislativo y, confundido cuando vio lo que estaba pasando, dijo: «Y eso que los ‘manyas’ dicen que no somos la mitad más uno…» Y con el mejor registro que pudo encontrar en su garganta vapuleada por el tinto, empezó a cantar entre barquinazo y barquinazo:
«Â¡Tricoloooores!¡Tricolooooores!» *
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