El agravamiento de la situación internacional

En las últimas semanas, mientras nuestra atención se centraba básicamente en lo que ocurría en nuestro país, ha seguido su curso el desarrollo de una situación de tensión y violencia en el campo internacional con características especialmente agravadas.

La agresión a Irak por parte del gobierno de los Estados Unidos, por un lado. El agravamiento de la violencia del Estado de Israel contra el pueblo palestino, es, por otra parte, de los puntos decisivos de cualquier agenda mundial interesada en la búsqueda de la paz y la solución armoniosa de las relaciones entre los pueblos.

Estos dos focos, especialmente violentos, no son los únicos. Para los latinoamericanos específicamente, el agravamiento de la tensión en la región por vía del desarrollo del Plan Colombia y del desenfado con que el gobierno de Bush pretende dirigir la vida de los pueblos del subcontinente, la intromisión flagrante en los asuntos internos –políticos y económicos– de los demás países resulta un factor esencial para configurar un marco de inestabilidad y fuerte condicionamiento. Todo gobierno democrático y con aspiraciones nacionales ve amenazada su soberanía por las mil formas de ejercicio de la prepotencia imperial estadounidense, desde la presión diplomática hasta la amenaza abierta y el bloqueo.

La circunstancia de que en los próximos días se celebren elecciones presidenciales en los EEUU, si bien abre la posibilidad del rechazo a la reelección del nefasto presidente Bush, no parece sin embargo alentar esperanzas consistentes en la política latinoamericana que podría llevar adelante su adversario del Partido Demócrata.

El panorama de los últimos años muestra cambios profundos en el desarrollo de los conflictos armados. Un análisis publicado recientemente en la revista digital La Insignia por parte de Daniel Inneraty realiza una comparación: Las guerras clásicas entre los Estados eran fundamentalmente guerras simétricas en las que se llevaba a cabo una violencia especialmente intensa sobre el campo de batalla, que se intentaba limitar a este escenario e impedir que se extendiera por espacios más amplios. La guerra clásica era simétrica, no porque sus actores tuvieran la misma fuerza, sino porque tenían el mismo rango: ser Estados. Esa igualdad de principio era el presupuesto de que los Estados se reconocieran como similares y aceptaran las normas mediante las cuales el derecho regulaba, con mayor o menor fortuna, las situaciones de paz y de guerra. El uniforme era la simbolización de esa simetría, por el que se distinguía a los combatientes de los demás y les daba a conocer como enemigos. La ritualización del alto el fuego y las negociaciones para la capitulación tenían el efecto de facilitar la disposición para negociar, de manera que no fuera necesario continuar con una guerra que se daba por decidida.

La mayor parte de los actos de violencia que caracterizan a las nuevas guerras, medidos con las normas y tratados internacionales, son delitos de guerra. Por eso las guerras suelen ahora concluir con tribunales específicos. Ya no puede decirse que la guerra es un enfrentamiento entre combatientes, cuando más del 80 por ciento de los muertos son civiles, cifra que a comienzos del siglo XX estaba en torno al 10 por ciento.

«Una de las características de las guerras asimétricas es que en ellas no hay propiamente batallas sino masacres; en vez de batallas decisivas que conducen a la capitulación y el acuerdo lo que hay son matanzas que llevan a la desesperación. Aquí está el núcleo de la diferencia entre guerras simétricas y asimétricas. Forma parte de ese carácter simétrico de la guerra tradicional finalizar el combate de modo que no se produzca una escalada de violencia. Las masacres se distinguen de las batallas por el hecho de que en ellas no se decide nada, no representan ningún avance en dirección a un cierre pacífico. Todo lo contrario: agudizan el deseo de venganza y aceleran ese círculo infernal que hiere cada vez más las estructuras de una sociedad.» *

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