Después del 31: por la gobernabilidad

Jugando los descuentos, se puede  por qué no  hacer un análisis realista de la situación electoral y sus consecuencias. Hoy las mismas no entusiasman demasiado a nadie.

He sido un dirigente militante activo de toda la vida. Y en las muchas elecciones que tengo en el lomo, jamás he visto una tan chaucha y fría como ésta.

Recuerdo épocas en que Tirios y Troyanos nos cruzábamos en los barrios y caminos del país en nerviosa y frenética actividad, conjugando el verbo partidario de cada cual, convencidos y con puños sanamente o no crispados, pero demostrando ansia y dominio de ideas y principios a llevar a la práctica, de tocar ganar, al que fuere.

Visto en la lejanía se parece a una historia romántica. Actualmente, sin perjuicio de que cada uno «descanse y confíe» en la veracidad, acierto y honradez de su respectivo candidato, nosotros los blancos en Larrañaga y el Frente en Tabaré, hay un denominador común en el pueblo, que demuestra como mucho un «conformismo» que se «resigna» a los gélidos informes de las encuestadoras.

Los clubes y comité de base cerrados o vacíos, las centrales con gente solo en día de asambleas principales y en la hora prefija, sin nadie ensobrando listas, al punto que se «contratan» equipos profesionales de ensobradores, cuando en un pasado no muy lejano era un «laburo» hasta divertido y demostrativo de amor partidario de mujeres y muchachada en general.

Paredes «vírgenes» de pintadas donde incluso se pueden encontrar algunas con titulares de remotas leyendas de añejos comicios y candidatos hoy inexistentes.

Y en el diálogo cotidiano, lo que es más grave, el desconocimiento o desinterés en argumentos o ideas políticas que se implantarán de ganar los distintos candidatos.

La mayoría se limita a manifestar vaguedades o simplezas generales más típicas de un partido de fútbol que de concienciar nada menos que el voto que puede resolver o no el futuro de cada familia con el porvenir de los hijos y de la patria misma. A la gente cada vez le va importando menos.

Todo se resume en escuchar a los candidatos y a lo sumo algún vice. Larrañaga planteó un plan de gobierno futuro rico en ideas progresistas de incremento de la productividad, reforzamiento y repoblación del agro desde donde se visualiza una reconstrucción nacional y reforma educativa entre otros aspectos. Es obvio que hubiera sido importante cotejar estos planteamientos y sus discrepancias si las hay.

Se me ocurre por otra parte que no se hubieran tenido grandes diferencias y sí aproximaciones interesantes que nos habrían llevado pos comicios, gane quien gane, a una si no identidad conceptual, sí a soluciones prácticas comunes que puedan sacar al país de un marasmo económico que se refleja en el diario vivir del pueblo necesitado y trabajador.

Me cuesta encontrar «separatas» radicales, al menos en lo manifestado por el Frente o Tabaré, con el cerno ideológico expuesto por el viejo Partido Blanco y Larrañaga. Viejas banderas antiimperialistas, reformistas en el incremento productivo, en la eliminación de cargas impositivos o imposición de otros como el impuesto a la renta de antigua data nacionalista pueden llegar a ser «acercamientos» futuros de gobernabilidad racionales.

Hay un sentimiento de cambio en el continente: es una realidad que hay un florecimiento de nacionalismos populares de centro izquierda que se manifiesta en la revolución bolivariana de Chávez, siguió con Lula y Kirchner, Lucio Gutiérrez en Ecuador, Lagos en Chile y se acaba de concretar con el reciente triunfo del hijo de Torrijos en Panamá. Al que gane en el Uruguay, pienso que no le puede ser «incómoda» la relación política con ninguno de ellos.

Somos nacionalistas y por ende antiimperialistas, basando el futuro de la región en «sacudirse» los imperios forjando países asociados sanos, fuertes y solventes.

Elementos materiales en riquezas productivas hay de sobra. Habrá que armar voluntades políticas honestas. De allí, sin ánimo de ser reiterativo en el argumento preelectoral, es una lástima que no haya habido un diálogo entre nuestros líderes.

Se prefirió «embarrar» la cancha y es obvio que una presunta «charla» electoral no será lo mismo habiendo triunfadores y derrotados, con el agravante de agravios y ofensas gratuitas que dejan inevitables sedimentos. Hagamos votos para que el interés general de nuestro pueblo trabajador tan explotado y hambreado prime en el criterio a seguir en futuras gobernabilidades que de ganar nosotros los blancos, las habrá. La palabra está dada. *

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