Póngase en su lugar
«Cuando su mundo está cuestionado creen que es el fin del mundo».S. de Beauvoir, «El pensamiento político de la derecha».
Póngase en la situación de ellos. Nos referimos al lugar que están ocupando los líderes históricos del Partido Colorado. Y los que están llamados a ocupar.
Nos referimos a los doctores Jorge Batlle y Julio María Sanguinetti. El razonamiento es válido también para el Doctor Luis Alberto Lacalle.
Póngase en el lugar de ellos y verá que no es changa.
Siempre del lado del poder. Inquilinos esporádicos y a veces repetidos de la quinta de la Avenida Suárez. Siempre mandando, siempre decidiendo. Siempre pronunciando la última palabra sobre el cómo y sobre el quién.
Beneficiarios y legatarios del poder. Apadrinadores universales de todos los vivos y de todos los aprovechados del país, pago por pago.
Ejecutivos de prebendas y licitaciones, príncipes del decreto y de las «leyes marco», con bancadas parlamentarias siempre numerosas y dóciles, con mayorías holgadas y decenas de diputados y hasta dieciséis o más senadores.
¿Y ahora qué perspectivas? Una cifra de votos que representaría un porcentaje de un solo dígito. Dos, a lo sumo tres bancas en el Senado.
Imagine usted ese cuadro.
Imagínese usted esa parcelita del Senado, ahíta de ricos y famosos, con dos o tres senadores del Partido Colorado, entre ellos los dos últimos presidentes. Ese terrenito del Senado, pletórico y rebosante de una representatividad popular ínfima.
Y allí, como de museo, como objeto de una maliciosa curiosidad, los dos viejos mandos del coloradismo.
Pálido final de hombres que han sido depositarios de mucho poder durante demasiado tiempo. Un crepúsculo casi de tango para dos jefes indiscutidos en quienes, otrora, la ciudadanía depositó poder y esperanzas. Y en los que ya nadie cree y muy pocos quieren.
Resulta hasta melancólico imaginarlos allí, solos y arrumbados y la gente mostrándoselos a los niños desde las barras.
No resulta difícil imaginar que alguna alma piadosa, o con sentido histórico, proponga construir alrededor de ellos una vitrina y que esa parte del Senado sea vista como perteneciendo a un museo de cera.
Y hasta que se les pida, a Batlle y a Sanguinetti, que se queden (o sólo concurran a sala ) cuando no haya sesión y sea la hora en que pasan por el recinto del Senado los grupos ruidosos de niños que concurren a conocer los lugares solemnes de la democracia.
La vitrina de los ex presidentes sería sin duda uno de los momentos más entretenidos de la recorrida. Y hasta con una singular pátina que los más sensibles sabrán apreciar con recogimiento como un último indicio de lo que era la política antes del triunfo del progresismo, antes que la gente les cantara el que se van, se van, en forma multitudinaria.
Como además ambos se conocen demasiado y están hartos uno del otro, lo más probable es que casi no se hablen, contribuyendo a generar así un conjunto silencioso, inspirador del respeto y la curiosidad.
Un respeto y una curiosidad inocente del público que les sería difícil suscitar si pretendieran defender sus opiniones y sus acciones políticas.
Visto desde ese ángulo, no resulta tan difícil de entender la irritación y la agresividad ciega de que hace gala la acción publicitaria del Foro Batllista.
¿Qué otra explicación tendría? ¿Acaso se piensa que con ese discurso delirante se le restarían votos a la izquierda y que esos votos de simpatizantes o adherentes del MPP irían a engrosar al Foro Batllista? Preguntarlo es responderlo.
Actos desesperados, manotones de ahogados. Ya reencontrarán la calma. De parte de las fuerzas progresistas, la paciencia que ahorra energías propias y la movilización que disuade las necedades ajenas.
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