Good bye, George
Ha estirado su permanencia en las salas cinematográficas de Montevideo «Good Bye Lenin», película alemana que trata sobre el ocultamiento que un hijo hace a su madre acerca del fin del comunismo. Militante abnegada del sistema socialista, debido a un quebranto en su salud ha estado varios meses en estado de coma, y durante su recuperación no debe sufrir sobresalto emocional alguno: el choque con la realidad perjudicaría inevitable y gravemente su precaria salud. La situación obliga al chico a montar un simulacro en el microclima hogareño, que permite conservar los íconos de un tiempo irremisiblemente perdido (marcas de productos ya inexistentes, noticieros trucados, etc.) para que la representación opere como sucedáneo de la realidad para su madre.
Así, mientras la madre convive con los símbolos del pasado y discute con sus seres próximos sobre temas que carecen de toda actualidad, por la ventana de su dormitorio, a la cual no puede acceder, se observa el logotipo de un refresco transnacional paradigmático del capitalismo. El entorno acecha, y en algún momento dramático entrará irremediablemente en escena.
Ficción dentro de la ficción, a ratos drama y a veces comedia, la película funciona, en una de sus lecturas, como demostrativa de las dificultades que enfrentan quienes pretenden mantener artificialmente un tinglado que dista de la realidad, tan entera e inexorable. Así han operado en los últimos años quienes han conducido las políticas laborales en nuestro país: creando ficciones, empleando lo verosímil (que parece verdadero pero no lo es) como indigno sustituto de lo real; abandonando al trabajador al juego suicida de las fuerzas del mercado. Uno de los artilugios favoritos de estos encantadores ha sido erigir a la voluntad individual del trabajador como mecanismo apto para generar acuerdos «en pie de igualdad» con el empleador. Inventaron ese hallazgo lingüístico que son los «acuerdos voluntarios», sortilegios que permiten que el trabajador renuncie a sus derechos laborales como condición indispensable para mantener el empleo, en medio de una liturgia que se implementa en el Ministerio de Trabajo, que levanta un acta y todo, cumpliendo así con el fetiche de la palabra escrita. En esa lógica, la reforma de la ley jubilatoria edificó esa notable ficción que son las «empresas unipersonales», que simulan trabajo autónomo donde no hay más que una radical dependencia al poder patronal. El salario mínimo nacional, otra ficción, resultaría un adecuado parámetro para medir las necesidades de una familia liliputiense, pero es sin embargo el ingreso que perciben muchos uruguayos. Y todavía la invención mayor, madre de todas las metáforas y los sinsentidos: la monserga de que el derecho del trabajo, por ser demasiado rígido, obstaculiza la inversión. Por ello una ley de inversiones redujo sustantivamente el período de reclamo de los trabajadores, de diez a dos años.
El fin de Disneylandia y las primeras preguntas
El presidente Jorge Batlle parece cerrar un ciclo de absoluto desdén por el trabajo que había iniciado su compadre blanco, quien además prestó al primer ministro de Trabajo de esta administración, Alonso el Imperturbable, hoy devenido en glamoroso renovador del «nuevo país».
Good Bye George: quizá haya llegado el momento de pensar en serio sobre los derechos de las personas que trabajan y de quienes buscan hacerlo.
Pero mientras se juegan los últimos minutos del partido de octubre, otro gran prestidigitador, un ex presidente que no ceja, ha dicho que si se apoya económicamente a quienes no tienen trabajo sin exigirles contrapartidas, tendremos en poco tiempo una pléyade de piqueteros. El humor involuntario del políglota, fruto del desasosiego electoral, hace pensar, en cambio, en cuánta gente que no trabaja ni trabajó nunca tiene pingües ingresos, y no por ello son piqueteros: muy por el contrario, viven en los mejores barrios de la ciudad. Hay que convenir, pese a todo, que si algo tienen de positivo los tiempos de crisis y los dogmas neoliberales, es que permiten que nos planteemos las «primeras preguntas» de nuevo. Es el momento y nos debemos ese esfuerzo, para evitar el silencio. Decía el «beatnik» William Burroughs: «uno de mis alumnos me preguntó una vez si creía en la vida después de la muerte y le dije: ¿cómo sabes que no estás ya muerto?». Viene la hora de superar estos años si no de muerte, al menos de silencio (que es parecido) en materia de derechos de quienes trabajan. Habrá que repensar los mecanismos de negociación y reconstruir la trama de capital y trabajo; habrá que repensar, por qué no, la empresa, no como un simple instrumento de la propiedad privada, sino como la realización de un fin social, que compromete a todos. Seguramente la sucesión de acontecimientos y su presentación fragmentada en los noticieros (por momentos casi de video clip) no haya permitido apreciar en profundidad algunos hechos recientes, como la recuperación de algunos emprendimientos como el de FUNSA. ¿Cuánto esfuerzo social cuesta erigir una empresa? ¿Cuánto invierte un país en infraestructura y otros apoyos? ¿Por qué la desaparición del empresario, su fracaso (cuando no su fraude) es la desaparición del bien «empresa»? ¿Por qué es el trabajador quien debe juntar los pedazos rotos tirados en el piso?
Quizá estemos asistiendo a la caída de las máscaras, a tornar la mirada fuera de las imágenes de la caverna. El fin de la fiesta (¿siesta?) neoliberal, debería ser el fin de las imposturas, la frivolidad y el pensamiento único, bien definidos por la ironía de aquel que dijo: «ya tengo el adhesivo bajen el costo del Estado por favor. Sólo me falta la cuatro por cuatro». *
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