No juguemos con el estilo de vida

Es conveniente para incentivar la imaginación leer expresiones de realismo mágico político, una nueva definición que desde hace algún tiempo ha aparecido, en que se idealiza de tal manera el modelo político de blancos y colorados, sus características presuntamente libertarias y su funcionamiento dentro del marco de la democracia, que asombra. Cuando uno se engancha en la lectura –especialmente si la pluma en lugar de rasgar el papel corre con fluidez– llega al final del trabajo compartiendo muchas cosas y fundamentalmente el tono bonachón y preocupado, de este defensor de nuestro estilo de vida.

Al igual de sudar imaginándonos la humedad de Macondo, las palabras de este nuevo realista mágico son capaces de engatusar y hasta convencer a muchos que, conscientes de que nos espera un futuro difícil y de trabajo incansable para reconstruir al país, se plantean dudas sobre algunas afirmaciones que se realizan en materia económica. Plantea la visión de contradicciones, muchas de ellas compartibles en su formulación, para culminar, entreverando lágrimas con la tinta de su pluma, temiendo por un estilo de vida, que –dice– está en juego.

Lástima que el autor de toda esa elucubración, que en otra persona podría ser tomada como una sincera especulación sobre la difícil alternativa que está viviendo el país, sea nada menos que el doctor Carlos Ramela, mano derecha del presidente Jorge Batlle y defensor a ultranza de un gobierno de definición ultraliberal, al que no le tembló la mano para, con políticas expresas y errores garrafales, ir empobreciendo a niveles de infraconsumo a algo menos de la tercera parte de la población del país.

¿Ese es el estilo de vida que está en juego? El doctor Ramela defiende a capa y espada al gobierno y pretende que los uruguayos aceptemos esa realidad, de cientos de miles de compatriotas que deben recorrer la ciudad para comer lo que encuentren en los depósitos de basura, los miles de niños que han nacido y se desarrollan con carencias de todo orden (siete de cada diez por debajo de los 10 años de vida) que les impedirán un desarrollo socializado y que, por lo tanto, tendrán acotados los límites de respeto hacia los demás ciudadanos.

Ese mismo estilo de vida que llevó a nuestros jóvenes a emprender esta suerte de exilio económico que desangra al país en su conjunto y a las familias que se desintegran. Y los mayores que se quedan que, en muchos de los casos, deben depender de una jubilación topeada, sin relación con lo necesario para lograr el mínimo consumo para sustentar una vida decorosa.

Pero, como no es bueno generalizar más de la cuenta, tratemos de comprender el trabajo de Ramela, acotando aun más sus definiciones, para comprender adónde intentó ir ocupando tanto espacio en el diario El Observador. La caracterización que hace este singular disertante libertario está implícitamente destinada a defender el estilo de vida de algunos uruguayos, por ejemplo los banqueros, favorecidos desde siempre por el modelo, a los que el Presidente que él defiende les otorgó todos los beneficios de su confianza, la que se expresó en muchos millones de dólares, primero los provenientes del tesoro del Banco Central, luego los extraídos, en base a las famosas «órdenes verbales» de la Tesorería de la Nación, que estaban destinados a las erogaciones presupuestales, y como corolario del camino, se desembocó en empréstitos, incluso un «crédito puente» dado por EEUU, para forzar la asistencia del FMI.

Claro que el futuro es difícil y que, además, en el Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría (con el que Ramela debe tener pesadillas cada noche), no rige un «pensamiento único», producto de que se trata de una coalición de partidos y sectores. Por ello entre sus integrantes pueden plantearse coincidencias y discrepancias que, obviamente, se resolverán en el marco de un funcionamiento democrático. Justamente no es lo que Ramela puede mostrar de su propia colectividad política que, detentando el gobierno del país por decenios, funcionó en el marco de un verticalismo dictatorial. Hasta el actual candidato presidencial de esa colectividad, el escribano Guillermo Stirling, fue elegido en un cónclave «democrático» de dos personas, el presidente Batlle y el ex presidente Julio María Sanguinetti.

¿Ese es otro de los aspectos del estilo de vida que Ramela pugna por preservar? ¿También querrá mantener vigente el alto nivel de control político que determinara nombramientos, contratos de obra y de servicios, ese «estilo» de funcionamiento que desemboca en que no se cumplan instancias constitucionales, como las vinculadas a las decisiones del Tribunal de Cuentas, las que son religiosamente archivadas, sin que la Asamblea General se expida en ningún caso sobre las mismas? Y ni hablar de la aplicación del artículo 4º de la Ley de Caducidad.

La nota del jurista está llena de perlas para poder aclarar porque estimamos que es un trabajo del nuevo «realismo mágico», aplicado en este caso al quehacer político. Pero hay una frase simple que tiene una notable connotación. Ramela, en un ingenioso giro, trata de demostrar la contradicción que dice existe entre el discurso de Danilo Astori y el resto del Encuentro Progresista; afirma: «Nadie debe olvidar que para ejecutar un plan de gobierno se requiere convicción y respaldo».

Estimamos que hace bien en utilizar esas palabras pues con ellas se está sincerando y profundizando sobre la realidad política que ha colocado al país en la actual situación. El plan de gobierno del Partido Colorado fue ejecutado gracias a la colaboración de su socio, el Partido Nacional, que además de votar a Batlle en el balotaje, cargos mediante, se subió al carro de una coalición de la que el otro candidato, Jorge Larrañaga, fue uno de sus adalides.

Un pincelazo que le sirve a Ramela para mostrar que no sólo fue de Batlle, Bensión y Alfie la responsabilidad de la crisis que padecemos sino que en ella tuvo también una participación destacada el Partido Nacional.

Faltan pocos días para las primeras elecciones nacionales del siglo y, más allá del juego elemental de signos equívocos que presenta Ramela, sería bueno que los uruguayos –los que todavía no lo han hecho– se definan sobre la necesidad de que preservemos nuestro estilo de vida, destruido hoy por blancos y colorados que quisieron forzar, obviamente, la aplicación de un modelo totalmente contrapuesto a los intereses nacionales.

Y que no tenga ningún temor el doctor Ramela, sobre la vigencia de las libertades, de la democracia, y del funcionamiento pleno de la Justicia. Libertades que hoy muchos no tienen, ni siquiera para alimentarse; democracia, que debemos defender y profundizar, pero que no llega a quienes deben recurrir al exilio económico para poder subsistir y ni siquiera pueden participar en los comicios. Justicia, carenciada en su forma y contenido, que tiene mil deficiencias y que determina bolsones de inseguridad jurídica.

Por otra parte, en materia de libertades reales y formales, que el autor esté tranquilo, porque nadie se atreverá a quebrantar lo que es la esencia de la fuerza que impulsa el cambio. *

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