Los guapos de ahora no son como los de antes

Para serle sincero compañero, guapos, lo que se dice guapos, he conocido muchos en la vida. Desde los guapos impertinentes y cargosos, que se las tiran de pesados en los boliches, hasta los guapos laburantes, esos que no le hacen asco a las ocho horas ni a la pala de punta. Pasando por el otro guapo, el engalanado por españolísimos requiebres de salerosas majas sevillanas de perfil moruno y profundos ojos azabache.

Guapos como el Tigre Millán, con dos o tres cicatrices marcándole el rostro de oreja a oreja y un mapa de puntazos en el pecho hasta el ombligo, guapos como mi viejo, que trabajó como un burro toda su vida y se fue en silencio, nada más que con la paz de saberse limpio por dentro y por fuera, transparente, como les gusta decir ahora a muchos, y guapos como un tal Juan Legido, que con su garbo, sus tonadillas y cante jondo, hacía abanicarse las pañoletas de las damas por sus suspiros.

Guapos como Martín Aquino, que enfrentó la milicada sin que le temblara el pulso y víctima de la injusticia y la prepotencia del sistema, debió matrerear hasta el fin de sus días. Guapos como el Padre Cacho que, armado solamente de un crucifijo y una cantidad de amor, se metió de cabeza entre los más humildes, los más olvidados del sistema y con ellos empezó una revolución en paz por la dignidad de todos. Guapos, como el viejo Pilo de La Teja que hombro con hombro con todos, ayudó a hacer realidad el sueño de una vivienda digna e higiénica para la gurisada intoxicada por el plomo.

Guapos como los miles de desocupados que no cuentan con subsidios privilegiados para sostenerse y sin embargo son tan guapos y tan dignos que no aceptan declararse en la indigencia públicamente para reclamar prebendas irracionales, como lo ha hecho por ejemplo, alguien que también se llama o se hace llamar «Guapo».

Guapos en fin hay muchos y variados. Desde aquel que pintara Evaristo Carriego en sus «Misas Herejes» diciendo: «El barrio lo admira, cultor del coraje, conquistó a la larga renombre de osado, se impuso en cien riñas entre el compadraje y de las prisiones salió consagrado…», hasta otros que son descartables, de cartón, circunstanciales. Guapos hoy y nadie sabe qué mañana. No son realmente guapos. Se hacen o los hacen. Guapos son los que no aflojan, los que siguen luchando, los que a pesar de todo mantienen firme la esperanza de un futuro mejor. Los que no le venden el alma al diablo por un sillón presidencial, ni siquiera por un modesto taburete de cocina

Guapos como el viejo Pilo, férreo y constante militante social, como mi viejo en su lírico anarquismo, como el Padre Cacho, como Martín Aquino y en fin, guapos en serio, no estereotipos prefabricados por un asesor de imagen para conquistar más votos.

Porque al fin y al cabo, compañero, por lo que uno ve hoy en día, casi, casi se atrevería a decir que «los guapos de ahora no son como los de antes…» *

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