Bancarrota de un partido histórico

El fallecido presidente de Francia, M. François Mitterrand, se le ha atribuido la sentencia siguiente: «en la actividad política están las mentiras, las grandes mentiras y las encuestas». De un modo u otro, de buena o de mala fe, más de una vez hemos visto equivocarse a los anticipos divulgados en materia de resultados electorales.

A la vez, ningún observador serio deja de tener en cuenta que, tomando los debidos recaudos, estos trabajos suelen constituir una de las fuentes de interés para la realización de pronósticos. Sobre todo cuando las empresas han ido revelando cada vez con mayor precisión cuáles son los parámetros técnicos sobre los que se elabora la investigación, la fecha de su realización y el alcance demográfico del universo que se examina.

Tomando pues tales muestreos como uno de los indicadores del estado real de la opinión ciudadana sobre los partidos, unido a la mera observación del contenido de los discursos preelectorales, resulta significativo y, a la vez, sorprendente el proceso de derrumbe electoral del coloradismo.

Nunca en la historia del país se había asistido, en medio de una situación institucional democrática, a un proceso de descomposición tan acelerado como el que vive hoy el viejo partido de la Defensa.

Este proceso tiene analogías con situaciones que, en otros períodos históricos, han vivido grandes partidos de masas latinoamericanos, como los Conservadores y Radicales argentinos, el PDF brasileño, el Copei y Acción Democrática en Venezuela, como tantos otros a lo largo y lo ancho del continente.

Parecería que la acentuación de la dependencia y el agravamiento de la crisis social ha acelerado este proceso de descomposición, alcanzando a formaciones como el PRI de México, cuyo asentamiento en el movimiento obrero y campesino parecía inamovible.

Una larguísima promiscuidad con el poder del Estado ha llevado a estos partidos a perder su inserción real en el movimiento social. Ejecutores de políticas fuertemente impopulares, tendieron a refugiarse en la constitución de grupos o camarillas enquistadas en los cargos, proclives a variadas formas de corrupción, nepotismo y extranjerización.

En el caso del Partido Colorado el proceso tomó la forma de una acentuada incapacidad para la renovación interna, la negativa de las elites internas a llevar adelante procesos de discusión y democratización y el consiguiente desgaste de las figuras consulares que durante casi cuarenta años vienen controlando los puestos clave del partido y del gobierno.

La pugna entre las dos fracciones rivales, la comandada por Sanguinetti y la que responde a Batlle, parece no detenerse ante ningún límite real o simbólico.

Un indicador elocuente del proceso de autodestrucción que domina al coloradismo, lo constituyen las declaraciones del doctor Carlos Ramela, uno de los asistentes y colaboradores más activos y más desprovistos de destreza con los que cuenta el Presidente Batlle.

Ramela, cuyo ascenso fugaz fue paralelo al desarrollo de las publicitadas actividades de la llamada Comisión para la Paz, despliega ahora una serie de críticas insólitas sobre sus correligionarios que actúan en el Parlamento, trasladando además una incomprensible retahíla de referencias descalificadoras acerca de la actuación política y parlamentaria de Alejandro Atchugarry, una de las pocas, quizás la única de las personalidades del Partido Colorado que atravesó con entereza los duros avatares de los dos últimos años de administración colorada.

Los indicadores a los que, con mucha cautela, hacíamos referencia más arriba, tienden a confirmar esta tendencia al colapso no sólo electoral sino también político del coloradismo. Parece claro, por lo demás, que el asunto va más lejos que las aptitudes o la ausencia de ellas del candidato al que actualmente le toca representar al partido. La crisis de esa fuerza política remite a antecedentes más lejanos y profundos. Y todo parece indicar que no saldrá fácilmente de ella. *

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