La indiferencia de la gente
La saturación propagandística que está sufriendo la opinión pública, –cuando faltan pocas semanas para las primeras elecciones nacionales del siglola– están haciendo impermeable de hechos que en otras circunstancias hubieran sido trascendentes. Gracias a ello las estrategias elaboradas por los comandos electorales de los partidos tradicionales, que tienen como elemento táctico la crítica violenta y desmelenada contra cada cosa que diga el doctor Tabaré Vázquez, no prenden y tienen como resultado la comprobación de una indiferencia generalizada.
Por otra parte, los fuegos artificiales que se utilizan a través de los medios de comunicación, tampoco llaman la atención a un público saturado de declaraciones políticas, actos, mesas redondas y presentaciones, que incluyen, por supuesto, intentos de chamusquina de los adversarios políticos. Los uruguayos esperan al domingo 31 de octubre para sufragar y decidir en ese acto, quintaesencia del funcionamiento democrático, cómo será el país del futuro.
¿Habría que definir si es positiva esa indiferencia de la gente que prefiere esperar, sin alterarse mayormente por las conflagraciones de los dirigentes políticos? ¿Qué significado profundo tiene esa apatía creciente que se manifiesta a tan solo 41 días de las elecciones? Los hechos son porfiados y los errores cometidos por el constituyente al redactar las últimas reformas en nuestra carta magna se pagan. La indiferencia de la gente tiene relación, sin duda, con la seguidilla de campañas electorales. Ya vivimos una dura campaña, insólita en su volumen y, en algunos casos, sin contenido, para las elecciones internas . Ahora el esfuerzo de los partidos sigue estando presente, organizando todo tipo de tareas en las que, de manera dramática, que no tienen eco.
No creemos que sea simple indiferencia, sino el resultado de una innegable saturación. No es admisible que durante meses la población sea bombardeada a mansalva por avisos, jingles e informaciones, la mayoría con contenidos simplemente propagandísticos y, pretender, que el uruguayo medio se sume, comente, o apoye. Los niveles de votación en las elecciones internas evidenciaron, en alguna medida, esa carencia en la convocatoria. El 31 de octubre estimamos, el panorama será muy distinto porque la gente está dispuesta a apoyar a los sectores que proponen un cambio sustancial, tanto en las políticas de desarrollo del país, como también en la manera de hacer política. Esa convicción masiva se verifica en el resultado de encuestas de opinión pública que, obviamente, tampoco provocan mucho interés entre los uruguayos.
Los que reaccionan frente a los números elaborados por las empresas que se dedican al tema son, fundamentalmente, los dirigentes políticos que muestran su alegría o, por el contrario, su repudio a tal o cual empresa, de acuerdo con el resultado final de los trabajos elaborados si nos los contentan.
Como corolario de estos comentarios debemos concluir en un hecho que, ese sí, todos debemos tomar en cuenta. Los uruguayos estamos dispuestos a sumarnos, dentro del marco de la democracia, a quienes proponen un cambio. Lo ocurrido en el país hasta hoy muestra que el modelo aplicado por colorados y blancos nació caduco. Sólo ha servido, en el devenir del tiempo, para que en el país haya casi un tercio de la población por debajo de la línea de pobreza, que miles y miles hayan buscado su destino en las lejanías del exilio económico. Con ese antecedente, a lo que se suma la campaña electoral más larga que se conoce en el mundo, ¿cómo los uruguayos no vamos a cubrirnos con un manto de necesaria indiferencia? *
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