El vacío discurso continuista
Amedida que pasa el tiempo y se aproxima la fecha clave del 31 de octubre, la campaña electoral parece condenada a ser una repetición de lo que ha venido sucediendo hasta ahora: las fuerzas progresistas aparecen como el único partido con propuestas programáticas elaboradas, creíbles, responsables y a la vez audaces; las fuerzas conservadoras (la derecha encarnada en el Partido Colorado y el centro derecha en el nacionalismo) se muestran huérfanas de ideas e iniciativas seductoras.
No en vano el electorado –es decir la población que sufre los desaciertos (negligencia e incapacidad) de los últimos gobiernos y que no está dispuesta a soportar cinco años más de lo mismo– manifiesta su voluntad de cambio adhiriendo a la alternativa que ofrece la izquierda.
En nuestro editorial del sábado 18 decíamos que la estrategia aparentemente adoptada por las fuerzas del continuismo consistiría en lo siguiente: «se toman las declaraciones de una víctima propiciatoria escogida entre el personal de dirección o de responsabilidad intermedia del Frente Amplio. Elegido el fragmento, se prepara la inmolación de la víctima de manera sumaria. El primer paso es ponerse de acuerdo en hacerle decir lo que no dice, por vía de la deformación, la exageración o la falta de contexto, todo apuntando a demostrar que en caso de producirse un cambio de gobierno, al país le esperan los más abominables padecimientos y las más inesperadas desdichas».
Pero esta estrategia consevadora no se limita a mantenerse al acecho de las propuestas progresistas para tergiversarlas y denostarlas. También se nutre de los viejos fantasmas desempolvados apresuradamente por la derecha más recalcitrante. Este aspecto es especialmente explotado por el Partido Colorado y por la derecha del Partido Nacional; es claro el connubio del Foro con la página editorial de El País en cuanto a acusar de antidemocráticas a las fuerzas progresistas.
Ahora bien, en esto de sembrar el terror (ya no con los tanques soviéticos ni con el envío de los niños uruguayos a Cuba pero sí con la insistencia en la vocación antidemocrática de la izquierda), el continuismo parece monolíticamente de acuerdo. Decimos esto porque todos los dirigentes blancos y colorados, sin excepción, se ponen a vaticinar con entusiasmo un futuro de calamidades para el país en caso de ganar el EP-FA-NM.
El cuco se transforma. Ya no es el estalinismo tranochado ni los supuestos riesgos para la convivencia democrática lo que se agita para atemorizar a los uruguayos. Ahora son las propuestas programáticas de la izquierda las que harán que las siete plagas se abatan sobre los uruguayos.
Como se advierte, la orfandad de ideas que aqueja a los candidatos y partidos del continuismo los obliga a centrar su campaña exclusivamente en los males que habremos de padecer si las fuerzas progresistas llegan al gobierno.
El terror que los invade ante la perspectiva de abandonar el poder intentan transferirlo –ora disfrazado de estalinismo, ora de futuras penurias– a la población.
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