Buenos Aires, cuando Perón fue derrocado
16 de setiembre de 1955
El Presidente de la Nación, general Juan Domingo Perón, acaba de firmar hoy su renuncia al cargo para el que había sido elegido por una aplastante mayoría hace casi cuatro años.
Durante ese lapso –y a pesar de contar con bases sólidas de apoyo popular, concretamente con el movimiento sindical– otros apoyos nada despreciables –como el de las Fuerzas Armadas y el de la Iglesia– fueron paulatinamente desgastándose y haciendo crisis hasta desembocar en un decidido enfrentamiento con el Ejecutivo. Al mismo tiempo, denuncias de corrupción en las altas esferas gubernamentales fueron deteriorando la imagen del régimen a los ojos de sectores medios y de intelectuales.
Tanto el Ejército como la Iglesia se han convertido en voceros e instrumentos de la oligarquía nacional vinculada al gran capital internacional, perjudicada por las medidas de corte nacionalista impulsadas por Perón.
Los desacuerdos con las Fuerzas Armadas ya se vislumbraron cuando las altas jerarquías castrenses opusieron su veto a la candidatura de Eva Duarte a la Vicepresidencia de la República.
El conflicto con la Iglesia tiene su origen en la supresión de la enseñanza religiosa en los colegios públicos y en la legalización del matrimonio civil, y llegó a su punto culminante cuando el Congreso comenzó a estudiar la separación de la Iglesia y el Estado.
Pero los hechos que precipitaron el putsh de hoy comenzaron a gestarse hace tres meses, cuando la procesión del Corpus Christi se convirtió en una manifestación claramente opositora. A partir de entonces, el deterioro en las relaciones entre el gobierno y las autoridades eclesiásticas fue in crescendo: bandas peronistas tomaron por asalto, saquearon e incendiaron varias iglesias, sobre todo las de los barrios pudientes, y la respuesta del Vaticano fue la excomunión del presidente.
Paralelamente, fue posible escuchar ruido de sables y botas llegándose incluso al bombardeo aéreo de la Casa Rosada.
El general Perón ofreció su renuncia, pero los sindicatos declararon la huelga general como manifestación de lealtad al presidente. Sin embargo, ya era tarde y la situación de deterioro no podría resolverse más que con el alejamiento de Perón.
La autodenominada Revolución Libertadora –liderada por los sectores más conservadores del Ejército y contando con la bendición de la Iglesia– supo canalizar el descontento de sectores sociales antagónicos pero unidos por su calidad de víctimas del peronismo. A partir del momento que las Fuerzas Armadas ocuparon la provincia de Córdoba, ya la insurrección era incontrolable.
Mientras grupos de exaltados recorren las calles de la capital derribando estatuas de Perón y de Evita y destrozando sus retratos, se supo que el líder justicialista pidió asilo en Paraguay y se ha refugiado en una cañonera de la Armada de ese país surta en aguas del Río de la Plata.
El general Eduardo Lonardi ha asumido la presidencia en forma provisional al tiempo que una junta militar dirigirá el país hasta la normalización institucional. *
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