El embajador del imperio en el homenaje a Saravia

Calmadas aparentemente las aguas del patriótico y heroico hecho histórico de Masoller, vale hacer ciertas precisiones de un hecho que ofende e indigna el alma nacionalista y blanca. Y fue sin duda, la presencia del embajador de los EEUU, señor Silverstein, de poncho blanco en el emotivo evento. No hubo un solo blanco entre los 25.000 asistentes al mismo, que no reprobase con desembozada repulsa su presencia. Y aclaremos. No es por la presencia física misma. Cualquier ciudadano del mundo, incluyendo diplomáticos, tiene derecho a concurrir a actos públicos, hasta por razones de humana curiosidad, sin perjuicio claro está de evaluar en este caso el hecho político del país en que ejerce su función oficial a los efectos de la legítima información que supongo elevaría a sus autoridades. Cualquier diplomático lo hace, incluyendo los nuestros. Está comprendido dentro de sus funciones específicas. Lo que rechina y ofende es el «disfrazarse» ostensiblemente con un poncho blanco que es justamente la antítesis de lo que él oficialmente representa. Es obvio que ignora, el señor embajador, entre otras «menudencias», que a pedido de don José Batlle y Ordóñez (a) don Pepe, cuatro barcos de guerra de su imperio yanki, el Marietta, el Castine, el Brooklyn y el Atlanta vinieron al Uruguay hace 100 años a intervenir a «sangre y fuego», y a combatir al hombre que justamente se estaba homenajeando. Buques con tropas y suficientemente artillados, de calado ligero, no había dragados en la zona, para entrar en el Río de la Plata, y subiendo por el Uruguay bombardear e intervenir contra las tropas de Saravia. Llegaron pocos días después de la muerte de Aparicio. El Aguila del Cordobés ya no volaba en defensa de la Patria y sus libertades públicas. Esa intervención criminal, de las tantas que su imperio hizo antes, durante y después de Masoller, no fue necesaria. Bajaron en Montevideo, desfilaron con bombos y fanfarrias por la plaza Matriz y se fueron. En los hechos bélicos había ganado don Pepe, que los llamó. El imperio cumplió con el «amigo» que no era por cierto Saravia, precisamente. Sin perjuicio de estos hechos, vale agregar que a lo largo de 168 años de historia blanca, como partido nacionalista, siembre nos opusimos a toda intervención imperial. Recientemente, ante el genocidio alevoso producido en Irak, el único partido político en nuestro país que se opuso expresamente en un público manifiesto votado pro unanimidad del Honorable Directorio por iniciativa de Larrañaga, fue la colectividad de Aparicio; o sea, la blanca. Sin olvidar los innumerables ejemplos históricos, entre otros votados y defendidos por Herrera como fue Sandino, Arbenz, Bosh, como los de Getulio o Perón que cuando no les hacían las intervenciones directas y específicas, las organizaban entre bambalinas como la reciente contra el gobierno nacionalista venezolano de Chávez. Se equivocó el embajador Silverstein de homenaje. Es obvio que lo hecho, hecho está. Nadie le va a declarar la guerra. Sólo se le puede indicar que repase historia. Si en las fechas coloradas desea vestirse de sobretodo sería coherente y nadie se ofendería. Lo que sí podemos exigirle es que devuelva el poncho blanco que debió pedir prestado. Aunque su imperio sea el más poderoso del mundo, éticamente «ese» poncho les queda muy grande. ¡Viva Saravia! *

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