El gaucho mancillado por el embajador Silverstein
Perdóneme amigazo, pero esta vez voy a cortar grueso, porque estoy «caliente como una papa» al decir del buen criollo. Y no es para menos, fíjese usted. Este señor Silverstein, embajador del imperialismo yanqui en nuestro país, se ha tomado el tremendo atrevimiento de mancillar la dignidad y la nobleza del arquetipo de nuestra identidad «el gaucho» vistiéndose con nuestras pilchas criollas y sumándose a la caravana que asistió a los actos en Masoller por el centenario de la muerte del gran Aparicio Saravia.
Más allá de lo que significa el hecho como directa intervención en su calidad de representante de un gobierno extranjero en la contienda electoral interna de otro país dándole el espaldarazo a uno de los partidos en pugna, más allá de eso, de que su sola presencia habrá seguramente removido los fantasmas de aquellos que cayeron allí en esos campos y los regaron con su sangre peleando justamente en defensa de una patria para todos, absolutamente libre de poderes o demandas extranjeras, más allá, repito, está esta tremenda afrenta que este señor le ha hecho al gaucho, a su historia, su dignidad, su sacrificio siempre en aras de la libertad. Es como si otra vez los gringos aparecieran sobre su memoria, acogotándolo con nuevos alambrados como los del siglo XIX, pero esta vez para terminar con su leyenda y su espíritu.
Y no escuché esta vez a los charlatanes del nacionalismo tradicional desgañitarse contra la afrenta que ello significaba para la imagen y la memoria del Aguila del Cordobés, como lo hicieron cuando otros orientales, no de su partido, pero orientales como ellos y no gringos imperialistas como Silverstein, invocaron respetuosamente la memoria del caudillo.
Y no queda ahí la cosa. Este señor desfiló entre el paisanaje, de a caballo y abrazado a la bandera uruguaya, impunemente, canallescamente sin que nadie de los que estaban cerca suyo se atreviera a decirle nada.
Por eso, amigazo, usted perdóneme que hoy en cierta forma me la haya tomado tan en serio la cosa, e incluso aproveche para proclamar la imperiosa necesidad, la urgencia de que los orientales bien nacidos, los de abajo, los que sabemos que el gaucho fue el adalid de nuestra libertad y de nuestra dignidad histórica, que fue el lugarteniente de Artigas y por sobre todas las cosas, la raíz misma de nuestra nacionalidad, hagamos algo para desagraviarlo, ante esta burda y ridícula actitud de este señor que parece pretender resucitar la imagen de aquellos señores feudales gringos que en el siglo XIX se adueñaron de nuestras tierras, de nuestras riquezas y de nuestra industria.
Yo, como el chajá, pego el grito de alerta y espero que aquellos que lo escuchen lo repitan y que se concrete de alguna forma por parte de alguna organización, movimiento político o similar con mayor poder de convocatoria que este modesto periodista, un llamado al pueblo para congregarse al pie del monumento al gaucho, cualquier día de estos, para desagraviarlo, y para que además comprendan muchos que se hacen llamar «gauchos» que no sólo hay que parecerlo sino serlo en la integridad y en la conciencia.
Y permítame que para terminar por ahora con este asunto, que recuerde un fragmento del «Romance al gaucho» de don Aramís Arellano, donde decía el viejo payador de las serranías minuanas:
«Dicen que los tiempos cambian
dicen que cambian los tiempos
y yo no cambio por nada
la plata de su recuerdo.
Al que me hable mal del gaucho
¡tal vez le pague el
entierro!»
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