Elecciones 2004: ¿nace una nueva cultura política?
La realidad política nacional y el progresivo deterioro de nuestra economía no sólo provocan angustias, tristezas y desesperanzas en el espíritu de los uruguayos, sino que además presentan una coyuntura básicamente de reordenamiento de fuerzas políticas en la medida en que el desenlace electoral es inminente, y las encuestas de opinión proyectan un escenario muy favorable al triunfo del Encuentro Progresista, con distintas probabilidades de ser en la primera o segunda vuelta.
La historia política nacional se ha caracterizado por la poca memoria de los orientales y por un sistema de partidos que funcionó en clave bipartidista, con una importante competencia electoral entre dos partidos fundacionales que se repartían más del 80% del electorado. A partir de 1971 el surgimiento del Frente Amplio comienza a desgastar las mayorías tradicionales transitando hacia un sistema de pluralismo moderado.
El nuevo sistema multipartidista es inédito, donde tres veces uno en realidad suman dos y donde la rotación en el ejercicio del poder a veces es un largo camino por recorrer.
Pero matemáticas y clasificaciones aparte, lo que la realidad indica es que se acerca una amenaza que acecha la burocracia conservadora vigente desde principios de siglo. Lo que en teoría aparece como tres fuerzas diferenciadas, en la práctica no se refleja, sino que en una suerte de «nuevo bipartidismo», se generan dos grandes bloques o familias ideológicas (al decir de Julio Sanguinetti), por un lado el denominado «bloque tradicional» formado por blancos y colorados, y por otro, el bloque no tradicional, con una conformación atípica, asimétrica a partir de un gran partido (Encuentro Progresista) y la incorporación progresiva de miles de ciudadanos en forma anónima que no celebran acuerdos electorales, más allá que depositar la confianza con su voto. En este nuevo comportamiento los ciudadanos buscan participar en forma directa sin someterse a los habituales canales de socialización política (los cuales han casi desaparecido) llámense clubes, comités de base o tradiciones familiares y se terminan incorporando en forma nominal, independiente, con espíritu crítico, culturalmente avanzado, que desestima la delegación de la soberanía política por el ejercicio de responsabilidades directas.
Este aporte electoral en masa inclina fuertemente la balanza hacia la izquierda, lo cual provoca un impacto muy fuerte en filas tradicionales, derivando en un obligado ordenamiento de sus filas para sobrevivir al futuro.
Como una fuerte contratendencia, la situación intenta generar anticuerpos ante esta nueva conducta política, y surge una urgencia desmedida en promover candidatos que se despeguen de la imagen de los ex presidentes Sanguinetti, Lacalle y Batlle, sindicados como responsables por la mayor crisis de la historia. El tiempo trajo noticias buenas y malas, si bien Stirling no pudo «despegar», por lo menos Jorge Larrañaga logró un crecimiento importante que le permite liderar cómodo su interna e incluso presentar batalla en un eventual balotaje.
Esta estrategia se completa con la complicidad de los grandes medios que publican y repiten encuestas que dan un permanente ascenso de la intención de voto blanca tanto en la interna como en la externa. Hay que potenciar el perfil renovador del senador sanducero y contrarrestarlo con el Herrerismo conservador.
No obstante estrategias aparte, ni Larrañaga es tan renovador ni Lacalle ultraconservador. Si bien en las formas son distintos, lo mismo no sucede en el fondo. Mantienen definiciones inclusivas dentro de una misma «familia ideológica», tienen la misma ausencia de ideas, el mismo exceso de pragmatismo, y una dirigencia ávida de cargos y apetencias personales.
Han votado juntos en las grandes leyes nacionales (Urgencias, Presupuestales y de fortalecimiento del sistema bancario), tienen en sus filas ciudadanos que han pertenecido a los dos bandos y se ha conformado un movimiento aluvional que polarizó la interna evitando una tercera opción en disputa.
Sorprende que la candidatura renovadora de Larrañaga esté conformada con la antigua dirigencia electa por el Herrerismo, caso de Lara, Garat, González Alvarez, Moreira etc. Pero sorprende todavía más la renuncia en masa de varios precandidatos que prefirieron «subirse al carro» antes que dar su propia batalla electoral, caso de Sergio Abreu, ex canciller, Juan Andrés Ramírez, ex ministro, Francisco Gallinal, ex senador y Ruperto Long, ex candidato a intendente de Lacalle.
La crisis del Estado arrastra a blancos y colorados hacia un abismo electoral, precio pagado por un pragmatismo doctoral en desmedro de la ideología y la participación política.
El escaso funcionamiento de los órganos partidarios, las sucesivas coaliciones de gobierno, la similitud del discurso y la obsesión por diferenciarse de la izquierda han terminado por socavar sus bases de socialización política.
A veinte años del regreso de Wilson, mucho ha cambiado en la sociedad oriental, caracterizada por ser tranquila y conservadora (al decir de Real de Azúa), Uruguay vive su hora de transformaciones, la pregunta que nos interroga es: ¿qué va a apretar la ciudadanía en el futuro, el freno o el acelerador? *
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