La Preguntita
El precio de la carne vacuna para el consumo interno sufrió ayer un nuevo incremento. La lógica implacable del modelo liberal impone nuevamente a los castigados uruguayos una veda de hecho como forma de preservar el stock cárnico para hacer frente a la demanda externa.
Como todos saben, la famosa reactivación económica que vive el país –aunque las mayorías postergadas no lo perciban– se debe, además de los resultados de una buena temporada turística, a una coyuntura internacional favorable para la colocación de nuestras carnes; al aumento del precio en los mercados internacionales debe agregarse la apertura de nuevos mercados así como el incremento de los cupos en países tradicionalmente compradores de nuestras carnes.
Todo ello configura un panorama alentador que el gobierno se encarga de resaltar con entusiasmo y que justifica el sacrificio a que debemos someternos los consumidores. Porque si bien por ahora los buenos negocios benefician sólo a un pequeño sector de la economía (el agroexportador) y no generan demasiados puestos de trabajo (ni directos ni indirectos), las autoridades del equipo económico nos aseguran –exultantes de optimismo– que en el mediano plazo todos los uruguayos recibiremos los beneficios de la reactivación económica.
Sin embargo, ocurre que hay otras cosillas además de no poder consumir carne por su precio exorbitante y de tener que esperar a un incierto futuro para gozar de la recuperación económica. En efecto, mientras la inmensa mayoría de la población se ve privada del asado y del churrasco sin que el gobierno se muestre preocupado por la situación, ese mismo gobierno subsidia al sector agroexportador con un cinco y medio por ciento; o sea que el redituable negocio de la exportación de carne no sólo está exento de impuestos sino que es subsidiado por el Estado, que es como decir por todos nosotros.
Del mismo modo, la famosa trazabilidad –condición sine qua non de los mercados exigentes– implica que los bóvidos rumiantes luzcan en su oreja no un piercing pero sí una vistosa caravana donde constan su origen y sus datos propios. Pues bien, esos elementos de bisutería bovina cuestan alrededor de dos dólares y medio, de los cuales la mitad (uno setenta y cinco) la aporta el Estado, que es como decir que la aportamos todos.
Otro tanto ocurre con las vacunas antiaftósicas, cuyo costo es absorbido también por el Estado, que es como decir que las pagamos todos.
No nos parece mal que desde el gobierno se fomente y se promueva la actividad agroexportadora y que se asista de alguna manera a los empresarios generadores de riqueza y de divisas. Pero a los uruguayos de a pie, los asalariados y sumergidos, nos gustaría saber cuánto tiempo ha de durar nuestro sacrificio.
Señor ministro: ¿cuándo dejaremos de financiar el enriquecimiento de unos pocos?
¿Y cuándo podremos comernos un asadito? *
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