La partida infinita
«Ajedrez», palabra derivada del sánscrito, significaba «el de los cuatro cuerpos»: infantería, elefantes, caballos y carros, que equivalen modernamente a peones, alfiles, caballos y torres. (Diccionario Enciclopédico Hispanoamericano).
No por casualidad, los nombres que ha invocado el neoliberalismo para fundamentar sus doctrinas son nombres históricamente prestigiosos, que incluso han trascendido al gran público. Esos nombres coinciden en ser promotores de una sociedad inmutable en la que parece eternizarse un determinado orden: «el orden natural» de las cosas. Platón inicia ese desfile resaltándose su teoría de que «deben gobernar los que saben»: los filósofos, los sabios, etc. Dos utopías tienden a alimentar las posiciones históricas en que se alinean las diferentes visiones e interpretaciones de la sociedad actual y de la futura: la utopía socialista y la utopía liberal.
La utopía socialista busca «la transformación del mundo» en beneficio de la humanidad toda; basada esa transformación en el conocimiento producto de la investigación y en la creación a través del trabajo productivo. Sobre el resultado (el producto) del trabajo creador, se elabora no sólo el mundo del futuro, sino la felicidad del presente del propio trabajador.
«La utopía neoliberal es la explotación sin fin de la clase trabajadora por la burguesía» (Sociólogo Andrés Núñez Leites, «Enseñanza y Neoliberalismo», Rev. Relaciones, abril 2004). En la ideología neoliberal, para los trabajadores el trabajo se torna repulsivo, porque se le practica sólo en su dimensión comercial, como forma de subsistir unos, como forma de explotación a humanos, otros; es excesivo, extenuante y frustrante; porque se realiza en beneficio y para lujo de otros y de pocos.
El enfrentamiento entre una y otra concepción nace cuando nace el pensamiento humano y desde entonces los contendientes juegan una interminable partida de ajedrez.
Toda competencia obliga a internarse en el pensamiento del otro, pero la guerra y su sucedáneo lúdico, el ajedrez, constituyen las formas de competencia que más obligan a «adivinar al otro».
Contienda inacabada e inacabable, porque cambian los escenarios, los detentadores del poder real y las estrategias.
Hoy el poder reside en las transnacionales más grandes y en los medios masivos de comunicación.
En nota anterior señalábamos una operación mediática seguida paso a paso en la semana que se inició el lunes 24 de marzo de 2003, dirigida a erosionar la imagen del Presidente de nuestra fuerza política, el doctor Tabaré Vázquez.
Ahora, todos fuimos testigos de la operación mediática, pergeñada desde el 19 de abril de 2004, que tuvo por objetivo destruir a uno de los «alfiles» de las fuerzas progresistas, el economista Carlos Viera.
Todos los que salieron a la descubierta y se precipitaron desde la utopía socialista hacia las lanzas (cámaras) manejadas desde la derecha, dejaron algunos jirones de sus vestiduras, mientras los voceros liberales, cuidadosamente cubiertos por sus peones utilizaron las cámaras como portadoras de sus mensajes tranquilizadores a los interesados y denostadores del EP-FA.
Para decirlo al estilo del Pepe: «Muchachos, por favor, antes de salir a la descubierta a enfrentarse con el enemigo, por lo menos comuníquense, aunque sea por teléfono». *
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