Las tensiones internas del coloradismo
Como suele ocurrir en el oficialismo, las tensiones y las discrepancias políticas no suelen ser en torno a documentos o divergencias de origen ideológico. No es que carezcan de implicancias de este tipo, pero éstas no suelen tener la forma explícita y racionalizada que suele asumir en la izquierda o que, otrora, asumía dentro de los partidos tradicionales.
Diferencias, por ejemplo, en cuanto al grado de intervención estatal en las cuestiones de economía que se expresaron con bastante elocuencia en los debates que oponían al pensamiento más liberal y conservador agrupado en torno al diario El Día, dirigido por los hermanos César y Lorenzo Batlle Pacheco, y el pensamiento más de corte keynesiano que sustentaba Luis Batlle Berres desde las páginas del diario Acción.
Hoy las diferencias existentes son imperceptibles a simple vista y se expresan a través de lo que algún sociólogo ha llamado la «política del gesto». O del hecho consumado como cuando, desde la presidencia, Sanguinetti hizo todo lo posible para obstaculizar la victoria presidencial de Jorge Batlle en disputa con Luis Alberto Lacalle; el episodio del brazo que le arrancaron al actual Presidente.
Las particularidades con que el coloradismo ha venido ejerciendo el poder, la completa renuncia a todo pronunciamiento programático y doctrinario, el predominio absoluto del llamado «pragmatismo político», desde el que se teoriza ex posfacto, es decir cuando los hechos ya sucedieron, ha conducido a un opaco proceso de fragmentación partidaria.
En esta realidad hay que sumar el formidable proceso de desgaste que han sufrido sus principales líderes.
En ese terreno no se ha insistido suficientemente acerca del significado de la renuncia de Sanguinetti a la candidatura presidencial, fruto de su vehemente participación en defensa de la Ley de Ancap en el reciente plebiscito culminado el 7 de diciembre.
Durante la campaña, el discurso engolado y agresivo del ex presidente, la reiteración, agobiadora para el público, de su presencia en los medios de comunicación lo ató a los resultados finales del recuento de votos y, como es sabido, resultó un fiasco total para los defensores de la ley y una victoria importante para el Frente Amplio y los movimientos sociales que, liderados por Tabaré Vázquez, sacaron de Troya la ley defendida por Sanguinetti y sus aliados.
Con ese cuadro como telón de fondo, un acuerdo de cúpula ha determinado que el candidato de los sectores mayoritarios del coloradismo sea el escribano Guillermo Stirling.
Un Stirling, dirigente político del Interior con una trayectoria prestigiosa al frente de un ministerio importante durante mucho tiempo, que parece destinado a recibir, de manera en cierto sentido gratuita, la votación más baja de la historia de su partido.
Un Stirling destinado a amortizar, a su costa, el saldo de tremendo desprestigio acumulado por las dos administraciones anteriores, las administraciones, justamente, presididas por los dos dirigentes colorados que ahora lo han enviado a la guerra armado de un palito.
A esos elementos hay que agregarle las dificultades que experimenta el Partido Colorado para conciliar las pretensiones de ortodoxia liberal de algunos herederos del viejo Batllismo, con las tendencias autoritarias y filomilitaristas de otros nacidos a la sombra de la dictadura y las prepotencias que lo precedieron.
Un cuadro complejo, sin eco de pueblo, con demasiadas tensiones superpuestas entre los dirigentes.
No es para nada de extrañar entonces que se dé la circunstancia que se ha señalado públicamente en estos días de la reluctancia de Stirling para comparecer en determinados actos públicos promovidos por sus correligionarios.
Es una paradoja que marca hasta qué punto están cortocircuitadas las relaciones entre los dirigentes de un partido en el que los agrupamientos en torno a personas han sustituido totalmente a la organización en torno a ideas y propuestas. *
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