La seca

Todos los titulares de la prensa se refieren a la crisis energética. Salto Grande está por colapsar; vienen y no vienen los megavatios desde Argentina y desde Brasil; a veces nos aseguran y otras no, el suministro de gas natural; no hay consenso respecto de las restricciones eléctricas; no se sabe si aumentarán las tarifas. Las lluvias que nos mojan en el sur y el este, no tienen correlato en el Norte y el centro del país ¿Hubo imprevisión? Parece que sí.

Más en lo íntimo, la producción agropecuaria se resiente. Disminuyen los rindes de soja previstos; hay que prever escasez de ganados gordos en el invierno por la destrucción de las pasturas; se hace necesario alivianar los campos; entra mucho ganado en las plantas frigoríficas y baja el precio. Es preciso no equivocarse, especular. ¿Aguantarán estos campos hasta que pase la seca? En el centro del país se sufre la incertidumbre de manera superlativa. Algunos montes forestados muestran las copas de los eucaliptos marrones, secas. Las praderas se han vuelto de color gris ceniza; el ganado mastica los restos de pasturas fibrosas que le lastiman la lengua y el paladar; en procesión, se dirige hacia los espejos de agua que todavía muestran la alegría del líquido elemento; los patos, cisnes negros, chajaes, nutrias y carpinchos se instalan en las lagunas que resisten.

Dicen que está lloviendo a cántaros en Young; comenzó a llover en Paysandú y Salto; parece que también sobre Salto Grande; en Durazno se escuchan truenos; cayeron unas gotas en Trinidad. Son muchos los que se paran, de piernas abiertas, con la mano haciendo visera mientras otean al cielo   como describía Antonio Machado, «del cielo aguarda y al cielo teme; alguna vez suspira, pensando en su olivar; y al cielo mira con ojo inquieto, si la lluvia tarda.»

Ahora, sí. Caen unas gotas espaciadas que oscurecen la tierra. Sale de ella un aroma manso y deseado. Las chapas de los techos repiquetean como un tamboril; de las canaletas surgen débiles chorritos de agua que van entonándose a medida que crece el golpeteo de la lluvia. ¿Cuánto durará? ¡Si continuara por una hora! ¡Si llegara a veinte milímetros! ¡Si aquellas nubes caminaran más despacio! ¡Si descargaran su panza de agua antes de disiparse hacia el mar! Los deseos se acompañan con cruces, promesas, juramentos. A los pocos minutos cesa de llover. Alguien comenta que en el sur de Francia bombardean las nubes para que mojen los viñedos, cuando aquéllas amenazan con seguir de largo y desagotarse en el Mediterráneo. Aquí, no. No hay aviones y, al parecer, se desconoce esa técnica tan antigua en Europa. Otro recuerda que en toda la geografía española, tan seca y árida, los escasos ríos son desangrados por una intrincada red de acueductos que alegran de humedad las huertas, al extremo de llegar exangües a su desembocadura. Se trata de una vieja técnica que ya conocían los romanos que colonizaron Europa, cuando no había nacido Cristo.

Aquí – todos coincidimos – tenemos un precioso reducto de abundantes acuíferos que serán el tesoro apreciado en el futuro cercano. Pero dejamos que todo ese enorme caudal corra vertiginoso y desemboque en el río grande como mar. Hacemos gárgaras con la civilización del conocimiento, el software y tutti quanti, pero no sabemos retener el agua para cuando la necesitamos; encauzarla, reservarla, conducirla.

Quizás, cuando usted lea estos estropicios hilvanados, haya comenzado a llover y respiremos aliviados. Habrá llegado el momento de especular con el daño que sufrieron las praderas. Si alcanzarán, o no, las reservas de sorgo para alimentar el ganado en invierno. Eso sí: los titulares hablarán del desborde del Uruguay frente a Paysandú, o del Yi a su paso por Durazno. Y habilitaremos los gimnasios, vagones de ferrocarril y barracones de los cuarteles para albergar a los evacuados por las inundaciones.

Alta tecnología y políticas de Estado que le dicen. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje