Entre gauchos, paisanos y criollos

Otra vez la Semana Criolla y otra vez por supuesto la fiesta grande del Prado al borde de cumplir sus ochenta años. Y otra vez como siempre, la eterna controversia entre quienes toman el asunto como un simple entretenimiento y quienes lo asumen como una cuestión de identidad. Entre quienes creen que el criollismo, lo gauchesco, lo nativista y lo tradicional es todo una misma cosa y entonces lo meten en una bolsa, lo sacuden y sacan de allí una especie de «ojo de gallo» cultural que si bien no mata el consumirlo, hace daño al menos, y los otros, los que comprenden que criollo. gaucho, nativista y tradicional no son necesariamente sinónimos, y algunos de ellos significan opciones estrictamente sociológicas, otras puramente antropológicas y hasta algunas de ellas esencialmente lúdicas.

Se trata además de un largo litigio que aún está muy lejos de dirimirse. Por conveniencia de algunos, por negligencia de otros y por ignorancia de otros tantos. Pero lo que realmente preocupa es que aún hoy se siga estableciendo, incluso en folleterías oficiales, definiciones tales como que, por ejemplo, el gaucho es un individuo producto del mestizaje de indios y europeos y anunciando con absoluto desparpajo al gaucho como protagonista de esta Semana Criolla. La historia verdadera (y no la oficial, con la que nos atosigaron durante varias generaciones) denuncia que el gaucho murió con los alambrados, que se puede vestir a lo gaucho, pensar, decir y cantar a lo gaucho, pero difícilmente ser estrictamente un gaucho en el sentido exacto y antropológico del vocablo y de la definición. Lo que no resta méritos a nadie.

Se puede ser sí un paisano, un verdadero criollo, y justificar a Yamandú Rodríguez en el epílogo de su poema «El remate» afirmando que «sigue dando criollos, muy lindos criollos el tiempo».

Por suerte, agregaríamos nosotros, por que no dudamos en afirmar enfáticamente que es en la gente del Interior que están nuestras mayores reservas éticas, incontaminadas por la polución social de las grandes metrópolis.

Pero a los gauchos lamentablemente los devoró el sistema. Aquellos gauchos que nunca fueron producto simplemente de un mestizaje indoeuropeo. Porque fueron negros, como Ansina, indios como Andresito Guacurarí, pero también rubios y de ojos celestes, holandeses, franceses, ingleses, trashumantes todos, enhorquetados a medias entre la ley y la clandestinidad, mimetizándose con el tiempo y el espacio de su espacio y de su tiempo justamente, aunque la redundancia pueda parecer grosera al enunciarla.

Ser gaucho fue una forma de vida, y no una consecuencia genética. Y por eso reiteramos: al, gaucho lo devoró el sistema, los alambrados que incorporó la dictadura de Latorre, la propiedad privada que puso fronteras dentro de las fronteras. El gaucho era un ser absolutamente libertario, y terminó literalmente «degollado» por el filo de los ignominiosos alambrados.

Todo esto viene a cuento justamente porque otra vez el almanaque indica que estamos en Semana de Turismo, que para muchos sigue siendo Santa y para otros, como nosotros, es Criolla.

Aunque nos siga doliendo, por ejemplo, que siendo el jinete, el paisano llegado desde todos los rincones del Uruguay rural, el principal protagonista de la fiesta, el que luego de varios revolcones y largos días de sacrificios logre ganarse el primer premio se llevará unos 400 dólares, más o menos, para sus pagos. Mucho menos de lo que se le paga a algunos artistas que no son ni por asomo protagonistas fundamentales de esta fiesta, por actuar poco más de veinte minutos en un escenario y que ni siquiera se embarran la suela de los zapatos para cumplir con su trabajo.

Por supuesto, lo uno tiene mucho que ver con lo otro. Pareciera que hubiese alambrados todavía dispuestos a terminar con lo que se empezó allá por el siglo XIX. *

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