Una sugestiva coincidencia
Leí con interés la nota histórica publicada el 31 de marzo, en el 71º aniversario del golpe de Estado de Gabriel Terra. Me sobresalté, al igual que en la famosa escena de la Magdalena de «A la búsqueda del tiempo perdido» de Marcel Proust, cuando leí el siguiente párrafo: «Los hechos se desencadenaron cuando el Presidente envió un mensaje al Parlamento comunicando una serie de medidas extraordinarias… que incluyen: censura previa de los órganos de prensa que atribuyan propósitos dictatoriales al Poder Ejecutivo…».
Tuve de inmediato la sensación del «déjà vu». «Esto lo vi o lo escuché en algún lado, mucho después de esa fecha», pensé. En seguida apareció el recuerdo preciso: eran exactamente los mismos términos del primer decreto de la dictadura, el 27 de junio de 1973. A 40 años de distancia, los golpistas de hogaño plagiaban a los golpistas de antaño. Ni se habían tomado el trabajo de variar los términos. «Marcha» lo publicó en portada bajo un grueso titular: «No es dictadura». En 1973, como en 1933, la dictadura ocultaba su nombre, establecía el régimen de la censura previa y amenazaba con la clausura de las publicaciones que la llamaran por su nombre. Anteriormente, también por decreto, habían prohibido las famosas siete palabras…
A mí me tocó notificarme del famoso decreto como redactor responsable de «El Popular». En la tarde y noche del 26 de junio y hasta la madrugada del 27 estuve en el despacho de Enrique Rodríguez en el Senado; llegó Hierro Gambardella de Casa de Gobierno diciendo que había visto el decreto de disolución de las Cámaras firmado por Bordaberry, oí los discursos de la histórica sesión presidida por Lalo Paz Aguirre que me hizo recordar la Sinfonía de los Adioses de Haydn, en que cada instrumento toca su melodía y se manda mudar. En la mañana temprano, cuando ya las tropas al mando del Goyo Alvarez habían irrumpido y ocupado el Palacio, me despertaron para convocarme al Ministerio del Interior. Allí el coronel doctor Néstor J. Bolentini explicó los fundamentos y alcances del decreto de marras. Fue una lata infame, un burdo intento de comuflaje. Después hubimos de notificarnos ante un adusto oficial que nos infligió otra vez la lectura del texto. Me tocó ingresar al despacho conjuntamente con el doctor Daniel Rodríguez Larreta, de El País, con quien -otra sugestiva coincidencia- había mantenido en los días previos una polémica por entregas sobre el tema de la democracia. Después él ilustró su concepción con sus actos: pasó a ser consejero de Estado del régimen de facto, en tanto El Popular fue asaltado por un destacamento armado después de la manifestación del 9 de julio y todos fuimos a dar con nuestros huesos al Cilindro.
La fecha del 31 de marzo trae otros recuerdos, en este caso referidos al año 1964. Fue el día del golpe de Estado en Brasil, también conocido como el golpe de Lincoln Gordon (el embajador yanki) y que fue saludado antes de que se produjera por Lyndon B. Johnson, sucesor del asesinado presidente John F. Kennedy. Acaban de publicarse documentos desclasificados (parcialmente) de la CIA, que demuestran la participación directa en el derrocamiento del presidente João («Jango») Gulart de la central de inteligencia, reunida en el Consejo de Seguridad Nacional con el presidente, el secretario de Estado Dean Rusk y el secretario de la Defensa Robert S. McNamara. Me tocó cubrir periodísticamente estos hechos por la frontera de Cerro Largo (Río Branco – Jaguarão) y luego aparecimos en la tapa de Time junto con el «tape» Juan José López Silveira, combatiente en la guerra de España, y el periodista Carlos María Gutiérrez, cuando concurrimos en tropel a entrevistar a Jango, recién llegado a una modesta casita de Solymar. Allí Milton Infantino se disfrazó de mozo para lograr una nota exclusiva.
Se cerraba así el ciclo de la presidencia de Goulart, iniciado en 1961 cuando asumió la vacancia de Janio Quadros gracias a la «batalha da legalidade» encabezada por Leonel Brizola como gobernador de Rio Grande do Sul. Empezaba un nuevo cilco de dictaduras militares en el sur del contintente, que en la década siguiente se expresaría en 1973 en los golpes de Estado prácticamente simultáneos de Uruguay y Chile (el golpe de Nixon y Kissinger, la ITT y la Braden Copper), y el 24 de marzo de 1976 en la Argentina.
Volviendo al golpe en Brasil, se recuerda que fue enfrentado por el movimiento sindical y social, por las grandes huelgas en el ABC paulista, y que algunas de las víctimas de las sucesivas dictaduras militares, presos y torturados, como Lula o José Dirceu, por ejemplo, ocupan hoy los principales puestos en el Planalto. *
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