El mundo del revés

El contador Ariel Alvarez, ministro del Tribunal de Cuentas, ha sido procesado por el delito de desacato por ofensa al subsecretario del Ministerio de Transporte. La razón estuvo en el cuestionamiento público que hizo Alvarez, a las tergiversaciones provenientes del señor subsecretario, de claras resoluciones del Tribunal de Cuentas, observando el cambio de contrato en la concesión de los peajes de la ruta Interbalnearia. Sobre este asunto, que es el origen del entredicho, nada se dice.

Es bueno recordar que el contador Alvarez ha sido, también, el que levantó el velo sobre las imponentes pérdidas que está soportando Ancap a causa de sus inversiones en la Argentina. Tampoco en este asunto se ha resuelto nada.

Pero, lamentablemente, estos no son hechos aislados en el funcionamiento de nuestro sistema democrático. Trataré de recordar, con usted, algunos otros asuntos, sobre los cuales tampoco se resolvió nada.

En épocas que se desempeñaba como ministro del Interior el Dr. Juan Andrés Ramírez, hubo un sonado episodio de trata de blancas uruguayas exportadas a Milán. El ministro actuó diligentemente; obtuvo pruebas grabadas por la policía italiana que marcaban nítidamente a los responsables de tan grave delito. Sin embargo, las mismas no pudieron ser consideradas como válidas, porque se habían obtenido sin que mediara una previa orden judicial uruguaya.

Más adelante, en un proceso similar, se conocieron grabaciones, en las que un contador público que tuvo responsabilidades de gobierno en la administración Lacalle, pedía una coima de dos palitos verdes (sic) para incidir en la licitación del Puerto de Montevideo. Tampoco sirvieron las pruebas en aquella oportunidad, por razones similares.

Más recientemente, en el sinuoso proceso que terminó con la liquidación del Banco de Crédito, pudimos observar la personería encarada en las negociaciones por dicho Banco, a nombre de la secta Moon, de un contador público que se desempeñó como presidente del Banco Central durante el mandato del Dr. Sanguinetti. La presidencia del Banco Central, sin embargo, recae ahora en un economista que, durante el proceso que desembocó en la crisis del Banco de Crédito, se desempeñó como presidente de la Corporación Nacional para el Desarrollo, que era la dueña de la mayoría del capital accionario de dicho Banco. Le toca, ahora, controlar y liquidar la empresa que fue a la ruina bajo su responsabilidad. Y todo sigue como si aquí no pasara nada. La historia comienza cada día y se desinteresa de lo que ocurrió el día anterior.

Encuentro yo, qué quiere que le diga, una permisividad excesiva para considerar asuntos que son muy costosos y dolorosos para el conjunto de la población, que somos los paganinis de las bodas; mientras que, por otro lado, se aprecia un celo especial para aplicar todo el rigor de la ley, en cosas que atañen a los arrabales lejanos de los asuntos graves. Se atiende con mucho celo lo accesorio, al tiempo que se dilata al infinito el tratamiento de los asuntos esenciales.

Yo no creo que el defecto radique en el Poder Judicial, o en los jueces. Ellos están obligados a cumplir con lo que determinan las leyes. Creo sí, que muchas de esas leyes están pensadas, imaginadas, para que se diluyan las responsabilidades de los encargados de administrar las cosas que nos atañen a todos, o, en el mejor de los casos, ser muy benevolentes en el castigo.

Me hace recordar esto a la vieja canción de María Elena Walsh, que da título a esta nota. ¿La recuerda? Si seguimos así, no debe descartar usted la posibilidad de que también aquí, nade el pájaro y vuele el pez. *

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