Un cúmulo de torpezas

El doctor Jorge Batlle sigue agregando nuevas perlas al ya largo collar de desaciertos que ha ido construyendo en materia de política exterior desde que asumió la primera magistratura.

A esta altura es ya un lugar común calificar de errático el rumbo que el presidente ha impuesto en las relaciones internacionales del país. Un cúmulo de desatinos, de marchas y contramarchas, de desencuentros y destiempos caracteriza la política exterior uruguaya.

Tal vez el primer eslabón de la cadena de torpezas sea el alineamiento vergonzosamente obsecuente junto a Washington para ser punta de lanza en la condena a Cuba. A los ojos del mundo entero, el gobierno uruguayo exhibió una postura genuflexa al prestarse a liderar la embestida estadounidense contra La Habana. Con la única meta –idea fija casi obsesiva– de congraciarse con el amo del mundo y lograr un acuerdo comercial bilateral que plasmaría la iniciativa delirante de abrir una cadena de siete mil carnicerías en EEUU, el gobierno encabezado por el doctor Batlle no vaciló en aceptar el lastimoso papel de mandadero del Imperio. Allí está el origen de la ruptura de relaciones diplomáticas con la isla: como era de esperarse, el gobierno de Fidel Castro reaccionó, Jorge Batlle se ofendió y se cortaron las relaciones.

Asimismo, en ocasión de la invasión estadounidense a Irak, el gobierno uruguayo fue incapaz de adoptar una postura clara y definida que acompañara la posición de otras naciones del subcontinente. Fue así que la Cancillería emitió una declaración tímida, ambigua y no comprometida, que pretendió ubicar al país en una suerte de tercerismo trasnochado.

Vinieron después los vaivenes a la hora de asumir una postura medianamente coherente frente al tema de la integración regional. Alternativamente el gobierno uruguayo ha pasado del menosprecio hacia el Mercosur apostando todo al Alca, a una posición menos radical y más favorable al bloque que ya integramos aunque sin renunciar al propósito de hacer buena letra con Bush. Tal actitud oscilante lo ha desacreditado con sus socios mercosurianos que perciben al presidente uruguayo como un individuo sin carácter, carente de firmeza y, por tanto, de credibilidad.

Y en el ámbito específico de las relaciones bilaterales con Argentina, todavía está fresco en la memoria el recuerdo del papelón que protagonizó el presidente Batlle cuando trató de ladrones a todos los argentinos y se vio obligado después a pedir perdón ante Duhalde. Luego, tuvo la mala ocurrencia de aventurar un pronóstico electoral –según el cual el ganador sería Carlos Menem– que felizmente resultó errado pero que sirvió para exhibir en todo su patetismo la frivolidad de nuestro presidente.

Y por fin, el más reciente episodio vinculado con la investigación sobre el destino final de la ciudadana argentina María Claudia García.

Después de comprometerse frente a su homólogo argentino Néstor Kirchner, en ocasión del encuentro en Anchorena, a investigar lo sucedido con la nuera de Juan Gelman, el doctor Batlle anunció –como si se tratara de un asunto absolutamente menor– que el caso estaba amparado en la Ley de Caducidad.

Nadie mejor que el doctor Larrañaga ha definido la actitud del gobierno: «En materia de política exterior, este gobierno hace lo imposible por intentar retroceder en chancletas».

Finalmente, y a pesar de haber sido invitado, el doctor Batlle ha dado un paso al costado prescindiendo olímpicamente nada menos que del posible acuerdo entre Brasil y Argentina tendente a hacer un frente común para negociar con el FMI. No se trata de pedir una moratoria ni de ninguna otra medida extrema propia de eslóganes irresponsables; se trata simplemente de que «los hermanos sean unidos», como aconsejaba Martín Fierro.

Pero el doctor Batlle insiste en su absurda postura de dar la espalda al bloque regional, con la expectativa y los ojos puestos en el Norte. *

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