El general en la cruz

Escribe Esteban Valenti

Ante cualquier persona que ha pasado muchos años en la cárcel como preso político tengo una reacción primaria: me merece el mayor de los respetos. Si además esa persona es un general que tuvo un comportamiento ejemplar, que siempre mantuvo en alto sus convicciones y sus ideas, que manejó con inteligencia los sutiles hilos y vínculos con la resistencia, que defendió la existencia y el perfil del Frente Amplio en todas las circunstancias, desde la propia cárcel, mi respeto aumenta.

Con los años es posible que la nostalgia ocupe una parte fundamental de mi vida, pero sigo emocionándome con las imágenes del General Seregni hablando desde el balcón de su casa recién salido de la cárcel y contribuyendo a la apertura democrática y a la pacificación del país, o en las tribunas de los actos oceánicos de fundación del FA, o cuando me lo recuerdan planeando junto a otros la resistencia al golpe de estado, incluso utilizando la fuerza.

Y como en este doloroso proceso afloran relatos e historias personales, yo también quiero hacer mi aporte. Cuando Seregni fue liberado luego de su detención el 9 de julio de 1973 –el día de la gran manifestación en la CNT, el FA y el Partido Nacional–, se preparó toda la logística para sacarlo del país, con un avión y vehículos en Uruguay y en Argentina. Y el general decidió quedarse aquí, sabiendo que arriesgaba muchos años de cárcel. También por eso, lo respeto mucho.

Escribo todo esto no sólo atendiendo a una historia que debemos construir con generosidad y grandeza, sino por respeto y consideración a la historia de todos, porque Seregni es parte de todos nosotros y los héroes transformados de la noche a la mañana en villanos, contribuyen a la auto destrucción sistemática de nuestra propia historia personal.

Más allá de todo lo anterior creo que cualquier ciudadano, cualquier militante de la izquierda tiene todo el derecho a opinar, o ofrecer su visión sobre temas tan complejos como los que afrontamos hoy sin ser sometido a la crucifixión por sus opiniones. El linchamiento político, los adjetivos y la ferocidad en el debate de la izquierda, va mucho más allá de los que la sufren en un momento determinado, en realidad nos afecta a todos, porque empobrece toda nuestra capacidad crítica, genera miedo y paralización, y en definitiva herrumbra una de las principales herramientas del pensamiento progresista y transformador, la posibilidad de hacer circular las ideas, de frotarlas y renovarlas. Incluso de equivocarnos.

Como a las cosas hay que buscarles explicaciones y no resolverlas con anatemas, es muy posible que en la base de ese encono en el debate interno de la izquierda tenga además de causas profundas e ideológicas que también tienen que ver con nuestra visión de los derechos humanos, las que tenemos obligatoriamente que analizar, hay también un factor emocional: nos habíamos amado tanto… que cuando nos enfrentamos nos odiamos con idéntica pasión.

Respetando y defendiendo el derecho inalienable del general Seregni, y de todos, a opinar y a no ser linchado, incluso el coraje que es necesario para lanzarse a la intemperie son opiniones y juicios sobre grandes temas que exigen nuestra atención me siento igualmente obligado a expresar mis discrepancias con las recientes declaraciones formuladas por el general.

No estoy de acuerdo en iniciar una polémica hacia dentro de la izquierda precisamente en un momento en que todos estamos tratando de construir un «estado del alma», como dijo el presidente Batlle para que el tema de los desaparecidos asuma su auténtica dimensión institucional, política y humana. Esa es y debe ser la dirección principal de nuestras preocupaciones.

Seguramente, muchos dirán que nunca llega el tiempo de debatir sobre la profundidad y las raíces del compromiso democrático dentro de la izquierda. Es un debate que muchas veces hemos tratado de iniciar con escaso éxito, pero francamente, éste es el peor momento.

Cuando es la sociedad en su conjunto que asume el protagonismo a través de sus víctimas y del propio estado, recrear en cierta manera el esquema de los dos demonios que actuaron enfrentados, es una lectura incorrecta de la historia de la dictadura.

El otro aspecto con el que discrepo es con el abordaje histórico. Es notorio que los uruguayos nos debemos, –si efectivamente queremos, cerrar para bien de la nación esa página trágica de la dictadura y su gestación–, un profundo análisis crítico. Pero para construir esa historia hace falta mucho equilibrio y una visión de gran justicia.

No se puede equiparar al aparato del estado y sus cuerpos militares y policiales aplicando una política de sistemática liquidación de la oposición, recurriendo al asesinato, a la tortura, a la violación, a la desaparición, a la cárcel, al despido, a la militarización de la vida nacional, con las acciones de los grupos guerrilleros, incluso con sus violaciones de las convenciones básicas de la propia guerra.

No estoy de acuerdo con los que justifican todo por la guerra, como tampoco con los que sacan los hechos del contexto y construyen juicios históricos desde una actualidad aséptica. La realidad, la vida, y por lo tanto la historia fue mucho más compleja.

Y no se pueden equiparar –por los contundentes argumentos contenidos en la nota del colectivo de Brecha– al Estado, que tiene la responsabilidad de defender los derechos de los ciudadanos y que se transformó en un aparato implacable de represión y destrucción de todas las libertades y derechos–, con los movimientos guerrilleros, incluso partiendo de la más profunda discrepancia con sus acciones.

Aún desde la peligrosa y errada visión de los dos demonios debemos considerar otra diferencia sustantiva: los dirigentes de los movimientos guerrilleros, en su inmensa mayoría pasaron años de dura prisión o fueron muertos, mientras que los responsables de la dictadura no estuvieron un solo minuto en la cárcel y muchos fueron premiados con ascensos en su carrera militar. Es una pequeña y «sutil» diferencia. Como también es imprescindible registrar que los desaparecidos, los torturados, los violados, los secuestrados están absolutamente de un solo lado.

Pero en esa tragedia nacional no hubo dos lados, hubo una sociedad que en su conjunto fue agredida por una dictadura que usurpó el poder y la Constitución de la República durante doce años y también una sociedad en la que la violencia se incorporó como una gangrena de hondas raíces. Para recomponer las profundas heridas que todavía existen, no se puede llevar una contabilidad menor de los sufrimientos, pero la historia tiene el derecho y la obligación de situarse incluso por encima de las nuevas exigencias actuales. Debe ser justa.

Todos estamos ansiosos por un profundo, serio y respetuoso debate sobre los derechos humanos y la democracia vista desde la izquierda, sus tradiciones y su historia.

Tendremos que afrontarla no sólo mirando al pasado, sino fundamentalmente al futuro, pues representa un espacio esencial de nuestra visión del mundo, de nuestra identidad, del protagonismo concreto de las mujeres y hombres de carne y hueso en una sociedad más justa, más equilibrada. Ese debate obligatoriamente tocará las responsabilidades y la historia de todos los actores políticos de este país. No podemos aceptar esa visión idílica y falsa que nos transmitió el poder en los últimos quince años.

El ejercicio de la memoria no puede ni debe ser parcial. Y estamos hablando de historia reciente, de cómo fueron violados los derechos humanos y las libertades antes de la dictadura, y de cómo salimos de ella y algunos asumieron el papel de mediadores entre los dictadores y la democracia
y se quedaron con el premio mayor: con el poder. Será útil, –no ahora– pero inexorablemente, reconstruir a través de los hechos más rigurosos y exigentes el precio que nos hicieron pagar a todos los uruguayos esos mediadores.

Por último, la historia está llena de instituciones y de naciones que han pedido perdón, que han reconocido y asumido sus responsabilidades. La lista sería interminable, algunas muy recientes y otras cercanas: como la Iglesia Católica y el General Balza en Argentina.

En definitiva lo que todos sabemos es que los responsables directos no lo harán nunca.

Para crear el «estado del alma» y que el actual intento de solución no sea un recurso administrativo y una reparación formal, hace falta que el tributo de tantas vidas y tanto sacrificio sirva para consolidar y profundizar la democracia. Y todos sabemos que hay materias pendientes, que detrás, arriba, o al costado del tema de los derechos humanos están las heridas profundas entre la sociedad y las fuerzas armadas.

Frente a los que creyeron y militaron para que esas heridas se cerraran con olvido y tiempo, hay otros que creemos que sólo pueden comenzar a cicatrizarse con verdad y grandeza de espíritu. Que como bien sabe el general Seregni, son virtudes propias de los verdaderos soldados.

Lo que el país necesita es conocer la verdad sobre sus desaparecidos, este es un derecho en primer lugar de sus familias, pero en definitiva es una herida de toda la sociedad y lo necesitamos para recompensar esa fractura –todavía profunda– entre civiles y militares. De eso estamos hablando.

Estas cosas nos tocan políticamente, moralmente y también en lo más hondo de nuestra humanidad y de nuestras sensibilidades, tenemos que reconocer que la construcción de ese «estado del alma», requiere un enorme esfuerzo.

El día martes todos nos alegramos hasta las lágrimas cuando se comprobó la identidad de la nieta de Juan Gelman. Fue un día de júbilo, en medio de tantas dificultades, de problemas e inseguridades que preocupan a los uruguayos. Pero fue también un día de amargura. Nos reencontramos con esa joven que recuperó su identidad y también con la confirmación de en este país secuestraron y asesinaron a una joven madre indefensa de 19 años. Y nos volvieron a recorrer los fantasmas, y los odios. No porque fuera una novedad sino porque no nos acostumbramos nunca al horror y a la degradación.

Ante tanto dolor y tanta rabia que llevamos adentro, porque sabemos que Roslik no murió en un acto de guerra, ni a Simón Riquelo se lo tragó la negra noche de la desaparición en una acción bélica o porque Nybia Sabalzagaray fue sólo una combatiente de sus ideas y de su pasión como tantos otros y es que sólo la grandeza de espíritu puede ayudarnos a transitar hacia un camino del rencuentro de los orientales. Con nuestra historia a cuestas.

* Analista político

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