Rotundo revés político

La opinión pública uruguaya ha tomado con su habitual parsimonia los movimientos preelectorales del coloradismo: unos expedientes preelectorales paradójicamente destinados a minimizar lo electoral, sustituido en este caso por un acuerdo de cúpula desarrollado al más alto nivel de la jerarquía del partido.

Los frenéticos apologistas de la democracia no acuden a ella para definir opciones. Todo el cúmulo de promesas de democratización de los partidos enunciados en la campaña para la aprobación de la reforma constitucional de 1996 ha quedado en el más oscuro abandono, demostrando una vez más que el único interés que movía a los partidos tradicionales en aquella instancia era el de instaurar el balotaje para la elección de presidente como recurso para frenar el acceso del progresismo al gobierno.

Con esta decisión de los «altos mandos» de la partidocracia colorada, ya no se trata de que no se reúnan las asambleas de la convención partidaria bajo el glorioso acápite que la historia de las asambleas es la historia de la libertad. No, no se trata sólo de eso. Se trata de no abrir el juego, de no habilitar instancias en las que participe un gran número de ciudadanos, aun de la manera limitada que es un voto ingresado en una urna. Nada de eso. Nada de oxígeno ni de participación.

Las diferencias entre los sectores históricos, adversarios desde hace decenios en la disputa por la conducción del partido (y del Estado), se han decidido a barrer para debajo de las alfombras. Como acuerdo de trastienda y no como debate programático.

La figura del actual ministro del Interior es, a no dudarlo, de una proyección y un estilo sustancialmente distinto al de los dos jefes que acordaron su candidatura. En su trayectoria como parlamentario y como integrante del Poder Ejecutivo ha recibido, más de una vez, elocuentes señales de respeto y consideración por parte de dirigentes y legisladores de todas las tendencias, incluyendo a la oposición. Esos méritos no se los obsequió nadie y a esa consideración como hombre ecuánime y de derecho nos hemos sumado más de una vez y ahora lo reiteramos.

No obstante, aprobada como resultado de un acuerdo de este tipo, la candidatura del escribano Guillermo Stirling nace con una pesada hipoteca, la de expresar una forma de continuismo de provectos y desgastados dirigentes de las principales fracciones coloradas.

En las formas actuales de ejercicio del poder en una democracia republicana, el peso de los hombres es considerable. En ese sentido la honestidad y la condición humana de Stirling es un significativo paso adelante. Pero el peso de las estructuras y aparatos partidarios terminan siendo decisivos. Y esos aparatos que eligieron al candidato son los mismos que gobiernan al país y al coloradismo desde que desapareciera del escenario nacional la significativa figura de don Luis Batlle Berres.

Finalmente hay otro aspecto que no debiera pasar desapercibido. Si el oficialismo colorado ha sufrido un revés, el mismo es particularmente grave para Julio María Sanguinetti. Los llamativos términos con que el presidente Batlle se manifestó en sus recomendaciones a Stirling para la campaña electoral lo ponen aun más en evidencia.

En los hechos, el forismo y Sanguinetti están reconociendo el agotamiento de su capacidad de liderazgo político.

Este agotamiento no es otra cosa que la consecuencia de una acción política programáticamente conservadora y visceralmente reaccionaria, antiizquierdista, pendenciera, neopachequista.

En los sondeos que debe haber hecho Sanguinetti para renunciar a su candidatura están sin duda presentes los resultados del plebiscito por Ancap. Ahí fueron las urnas las que hablaron y le dijeron basta a Sanguinetti.

Y también a Lacalle; pero esa interna está todavía en trámite. Es bien posible que los ecos del 7 de diciembre también arrastren al oficialismo nacionalista. *

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