Los paraguayos recuerdan con respeto a Luis Batlle Berres
El 8 de marzo es una fecha que recordamos desde hace 57 años porque ese día oficiales de la II División de Ejército con asiento en Concepción (Paraguay) con apoyo de tres de los cuatro partidos políticos que funcionaban en el país, se levantaron en armas contra la dictadura del general Higinio Morínigo. No se trató de un cuartelazo, asonada o golpe palaciego que tanto abundaron y dañaron las instituciones. Fue un pronunciamiento por recuperar la democracia y encauzar el país hacia la estabilidad y el progreso nacional y social. Se llamó Revolución de Concepción (1947), ciudad capital del departamento del mismo nombre situada a 450 kilómetros de Asunción a orillas del río Paraguay, departamento limítrofe con Brasil.
Hoy evocamos nuevamente ese aniversario, pero esta vez para exaltar la memoria de un presidente uruguayo que, en la oportunidad y años después, supo honrar las tradiciones de su país, manteniendo los principios de autodeterminación, el Instituto del Asilo y la vigencia de los derechos humanos dentro y fuera de fronteras. El movimiento de liberación nacional culmina derrotado en las calles de Asunción. Entre las causas de ese desafortunado final, juegan un rol importante el bloqueo del gobierno brasileño dispuesto por el Departamento de Estado y el suministro de armamentos y asesores del gobierno argentino.
Con don Tomás Berreta y Luis Batlle Berres, Uruguay fue la excepción, al no apartarse de su política de no intervención, sin disimular su simpatía por el estallido revolucionario que defendía valores arraigados en la patria de Artigas.
La derrota de la guerra civil provocó un éxodo masivo de pobladores de las ciudades y del campo escapando a la violenta represión desatada por la dictadura. Corresponde señalar que el gobierno uruguayo rompió sus relaciones por el asalto de la Policía de Asunción a su embajada buscando asilados. Centenares de perseguidos llegaron a Montevideo, mayoritariamente estudiantes universitarios, que encontraron comprensión y ayuda para culminar su carrera profesional.
Entre los exiliados estaba el doctor Carlos Pastore, presidente del opositor Partido Liberal y de la larga trayectoria en la actividad política y los medios intelectuales. Autor del libro editado en Montevideo «La lucha por la tierra en el Uruguay», aporte significativo para el conocimiento del problema de tenencia de la tierra, del poder del latifundio en la vida del país. Ante las reiteradas declaraciones del general Stroessner, presidente del Paraguay, de respeto a las libertades y garantías ciudadanas, Pastore decide volver.
Apenas llegado, es detenido para ser enviado al campo de concentración del Chaco, de donde era difícil retornar.
El prestigioso periodista uruguayo Carlos Borche denunció la existencia y las condiciones que imperaban en ese centro de exterminio. El entonces presidente del Consejo Nacional de Gobierno, Luis Batlle Berres, encomienda a un enviado personal la responsabilidad de ir a Asunción y regresar con Pastore. ¡Misión cumplida!
Los desencuentros político-ideológicos en el ámbito familiar, desde hace años, son moneda corriente. A propósito, se da el caso de que un Batlle presidente salva la vida de un ciudadano paraguayo y que otro Batlle con la misma investidura, condena a perpetuidad en las cárceles de Madrid, a un ciudadano español. Todavía asoma la esperanza de que la justicia o el gobierno argentino eviten esa iniquidad.
Imperdonable omisión sería la de recrear la figura del último caudillo colorado sin mencionar la jornada aleccionadora en la que acompañado de su amigo y ministro de Obras Públicas, ingeniero Rodríguez Correa, se dirige a pie, con la serenidad y el coraje que conceden la fuerza de sus convicciones y el concepto del honor, para batirse a duelo y a primera sangre con el falangista general Pedro Ribas, que queda fuera de combate en las primeras estocadas. Otros tiempos. Otra sensibilidad. Un ministro de Defensa omite la venia del Senado para el traslado a Asunción de una dotación de cadetes de la Escuela Militar en adhesión a la fecha patria. No intenta aclarar la situación y pedir disculpas. Simplemente renuncia al percatarse del error. Hoy, un secretario de Estado se ampara en el Parlamento en las mayorías societarias para eludir la censura y quedar atornillado al cargo.
En este nuevo aniversario del acontecimiento que nos involucra, como un acto de estricta justicia, reivindicamos a una esclarecida personalidad del Uruguay en la defensa de las instituciones, la soberanía política y económica y que en contingencias internacionales tendió la mano solidaria y abrió las puertas del país a los perseguidos por las tiranías de turno que asolaron el continente que está asumiendo con firmeza y confianza la tarea histórica de recuperar su identidad y transitar su propio camino para forjar la prosperidad del país y el bienestar de su población. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad