Malvinas ¿Chernobyl argentino?

A fines del año pasado, la Embajada británica en Buenos Aires, confirmó la información divulgada por Clarín sobre la introducción de armas nucleares, por el Reino Unido, durante la guerra de las Malvinas, en 1982.

Justificaba el hecho por la urgencia con que se había debido desplazar la fuerza de tareas, a bordo de cuyos navíos se encontraban las armas.

El gobierno argentino consideró «inaceptable» que se pretendiera justificar por «razones logísticas» lo sucedido. Y anunció que haría un planteamiento al respecto ante los organismos internacionales competentes. Como lo había hecho, en el pasado, ante foros mundiales. Asimismo, reclamó que el Reino Unido asegurara «en forma fehaciente» que no existen armas nucleares «en ningún lugar del Atlántico Sur, ni en buques hundidos, ni en el lecho del mar ni bajo ninguna forma ni circunstancia».

La Embajada británica había afirmado que «ninguna nave equipada con armas nucleares ingresó en las aguas territoriales de la Argentina o de las Islas Falkland» durante la guerra. Y que las que lo hicieron a otra zona del Atlántico Sur no perdieron ninguna arma nuclear, como lo confirmó su contabilización, al regreso, la que, además, permitió constatar que se encontraban en buen estado. Agregaba que «ni siquiera un impacto directo» sobre los navíos que las transportaban hubiera significado una explosión nuclear».

Y un vocero de la Embajada concluía: «todas las seguridades que pide el gobierno argentino están respondidas en este comunicado».

Pero, consultado por Clarín, un militar argentino planteó sus dudas, considerando que era «peligroso transferir las armas nucleares en alta mar» y observando que, durante esa operación, siete contenedores habían sufrido daños.

Actualmente, el aspecto que plantea mayor inquietud es el de la existencia de artefactos nucleares en navíos británicos hundidos, en particular el Sheffield. «Los argentinos tienen su propio Chernobyl en el Atlántico Sur», dijeron diplomáticos soviéticos, en Buenos Aires, poco después de finalizada la guerra de las Malvinas. Y atribuyeron a la radiactividad la muerte de grandes cantidades de pingüinos en las costas de las disputadas islas . La revista de ecología Natura al tratar esta información decía que no se había encontrado «una explicación satisfactoria a la desaparición de 3.000 ejemplares de esta especie, a pesar de las numerosas investigaciones realizadas». Manifestaba que un «científico soviético ha sugerido que la muerte masiva fue producida por la contaminación nuclear, provocada por escapes de los buques británicos hundidos durante el conflicto». Comentaba, irónicamente: «La teoría, como era de esperar, ha sido desmentida categóricamente».

Y continúa siéndolo más de 21 años después de la finalización del conflicto. La Embajada británica, en Buenos Aires, afirmó, en forma tajante que «los navíos británicos hundidos no estaban equipados con armas nucleares».

Y un vocero del ministerio de Defensa, en Londres, recalcó: «Nosotros hemos respetado las obligaciones respecto a los tratados concernientes. No tenemos que excusarnos ante nadie».

El Tratado para la Proscripción de las Armas Nucleares en la América Latina, proyectado tras la crisis de los misiles nucleares en Cuba, declaraba a la región Zona Libre de armas nucleares.

Héctor Gros Espiell, jurista uruguayo, en su trabajo «El conflicto bélico de 1982 en el Atlántico Sur y el Tratado de Tlatelolco», señalaba que, cuando el conflicto se produjo, la zona en cuestión aún no había sido declarada «Zona de Paz», lo que sucedió en 1986, por resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

No tenía dudas sobre la violación del Protocolo I de dicho Tratado por hechos tales como el envío de armas nucleares hacia las Malvinas y por la circulación de submarinos a propulsión nuclear. Y estaba convencido «personalmente» de que los navíos británicos llevaban armas nucleares: entre otros indicios, por «la forma en que se efectuó el rescate de los supervivientes del Sheffield».

Destacaba que las cuestiones jurídicas eran secundarias «frente al hecho de que América Latina pudo haber llegado a convertirse en el primero campo de batalla nuclear, después de Hiroshima y Nagasaki, como consecuencia de la acción bélica de un país europeo, parte en el Tratado del Atlántico Norte y miembro de la OTAN, contra un estado hispanoamericano».

Hoy, además, hay que destacar la irrelevancia del pedido de disculpas que el gobierno argentino exige del británico y de la negativa de éste a efectuarlo; si, en realidad, bajo las aguas del Atlántico Sur se desintegran armas nucleares que continuarán expandiendo su radiactividad durante milenios. La que, como observa el Tratado de Tlatelolco, por su persistencia, constituye «un atentado a la integridad de la especie humana». *

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