Atender los problemas de la gente

Entre las diversas apreciaciones formuladas por los dirigentes frenteamplistas en esta reanudación de la actividad política y parlamentaria, varias de ellas remiten a las particularidades del año político que se inicia.

Se trata efectivamente de un momento singular en que se definirán las autoridades de los partidos en las elecciones internas previstas para el domingo 27 de junio, la elección de diputados y senadores el 31 de octubre y, simultáneamente, la primera vuelta de la elección presidencial. Dados los poderes que están en juego, estas, las del 31 de octubre, serán la madre de todas la batallas electorales del período.

En el escenario nacional todas las fuerzas, de un modo u otro, se preparan para la contienda.

Vale la pena no perder de vista el hecho que, mientras tanto, el gobierno de la República sigue haciendo uso de las potestades que le confiere la Constitución. Ningún hecho ciudadano, ni siquiera la contundente derrota que le impuso la oposición el 7 de diciembre, ha empañado la determinación del gobierno de seguir privatizando todo lo que pueda y seguir recortando al máximo los gastos sociales.

Ninguna preocupación nacida del buen sentido político, de la necesidad de la búsqueda de consensos o del reconocimiento de que el gobierno está en minoría, perturba sus designios: el Presidente sigue actuando como si hubiera sido el gobierno el ganancioso en la consulta popular de diciembre.

En ese contexto adquieren particular significación las advertencias formuladas por el Presidente del Frente Amplio-Encuentro Progresista en el sentido que los legisladores de ese lema deben mantener la atención centrada en los problemas actuales que padece la población.

La legítima excitación que producen tantas convocatorias electorales debe sofrenarse en función de las necesidad perentoria de buscar caminos destinados a atenuar el padecimiento de la población carenciada.

Se trata de una cuestión de gran importancia, que no siempre aparece así a simple vista. En estos meses que nos separan de las instancias electorales, muchas decenas de miles de personas –sea como asalariados, sea como usuarios de los servicios públicos de salud y educación– se verán enfrentados a la política del gobierno, ya que no existe ningún indicio de que las demandas populares puedan ser atendidas.

Sería especialmente dramático que en estas circunstancias críticas esos sectores mayoritarios de la población se sintieran desatendidos por un sistema político más preocupado por las instancias electorales que por lo que ocurre en la sociedad.

El sistema político ya ha acumulado demasiados factores de irritación y malestar popular, quizá en muchos casos injustificado o sencillamente injusto.

El desprestigio indiscriminado de «los políticos» está lejos de ser una cuestión positiva o progresista, una constatación de la que haya que congratularse.

Lejos de eso. A menudo, es desde los medios más conservadores que se propalan las pautas de desprestigio de las instituciones parlamentarias y políticas.

Justamente esto constituye una razón más para aplicar, en este año electoral, todas las energías posibles a la atención de los problemas actuales, inmediatos, impostergables, de la población. *

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