La reforma del Estado

Las declaraciones de los personeros del gobierno aplaudiendo el incipiente crecimiento que se verifica en algunas variables económicas, tienen un contenido primitivo, propio de grupos que tratan de mejorar su perfil frente a la opinión pública a pocos meses de las elecciones de octubre de 2004. Sin duda, los índices muestran que algunas cosas cambiaron en el país desde la devaluación de 2002. Por supuesto que más allá de las consideraciones que hoy realizan esos señores, la desaparición del sistema de bandas cambiarias, que mantenía la divisa constreñida dentro de parámetros estrechos, pasándose al sistema de flotación «sucia», descomprimió en alguna manera la economía pues el salto de casi el ciento por ciento en el precio de la divisa, determinó que el país paulatinamente comenzara a ganar en competitividad.

Pero, ¿qué otra cosa se hizo? Todo lo demás fue apretar el cinturón de la gente, achicando cada día la capacidad de consumo de una población empobrecida a niveles históricos y, perjudicando a la economía en su conjunto, encorsetando a las dependencias oficiales –vía insólitas notas del ministro de Economía– a gastar cada vez menos, poniendo en marcha otro primitivismo en la economía: el ahorro forzoso por la vía de la reducción del gasto que, obviamente, tiene como consecuencia la contracción del comercio, sin hablar de la actividad importadora y de otros rubros que funcionan surtiendo al Estado.

Los economistas «de manual» parecen no tener en cuenta que la forma de reactivar la economía es fomentar distintas actividades. No es comprando menos medicamentos para Salud Pública, ni retaceando rubros para los comedores y merenderos que surte el INDA, ni achicando a un mínimo absurdo las partidas para ciencia y tecnología, ni aplastando las remuneraciones de funcionarios y pasivos, como se reactiva la economía.

El peso del Estado debe ser reducido a un nivel que esté de acuerdo con una planificación minuciosa de su actividad. Hay tareas que se deben dejar de realizar, pero otras son fundamentales para el futuro del país. Por ello decimos que en un país donde la inversión foránea prácticamente no existe (seguimos estando al nivel de Haití, proporcionalmente en los últimos lugares del continente), el papel que juega el Estado para impulsar la economía, es fundamental.

Miremos a Montevideo por sus cuatro costados, recorramos la ciudad y comprobaremos que en los últimos tiempos la construcción de grandes edificios ha estado fundamentalmente financiada por el Banco Hipotecario. Pero miremos hacia atrás y busquemos las grandes expresiones edilicias, las vías de comunicación, los oleoductos, los tanques de acopiamiento, la refinería, las represas para la producción eléctrica, la telefonía básica y celular, las redes de agua potable, etc., etc. ¿Alguien piensa que sin el Estado ese aggiornamiento del país hubiera sido posible?

De ninguna manera estamos diciendo que ese es el camino que hay que mantener en toda su magnitud y significación, pero ¿por qué ese esfuerzo brutal de los uruguayos para que el país tenga hoy ese desarrollo envidiable para muchos otros países del continente, debe ser abandonado totalmente?

La reforma del Estado debe ser un objetivo inmediato del próximo gobierno que, obviamente, debe tener en cuenta todos los elementos. Para el doctor Jorge Batlle y sus asesores económicos, todos «de manual», reformar el Estado es pasar a la actividad privada los buenos negocios, algunos con carácter monopólico, como el de Ancap, sin tener en cuenta –obviamente– el papel que un Estado moderno debe tener en el impulso de la economía y sin valorar el carácter estratégico de muchas actividades, que por razones del tamaño del país, no deberían ser manejadas por empresas privadas y extranjeras.

Por todo ello, parece evidente que se debe comenzar a verificar un debate para que los uruguayos, más allá de los desencuentros políticos, lleguemos a un modelo de país moderno y viable. Y lo apliquemos. *

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