El terrorismo se refleja en la pobreza de la gente
Históricamente la comunidad uruguaya ha condenado sin vacilaciones esa actividad criminosa, desentendiéndose de los móviles políticos, sociales o religiosos en que se apoya, porque en rigor su conducta operacional no respeta ninguno de los valores esenciales de la humanidad. De manera que todos los caminos legítimos que se recorran para combatirla contarán con el beneplácito de la ciudadanía, más allá de las convicciones ideológicas o filosóficas que el destino nos tiene reservadas.
En este contexto son tan repudiables los atentados contra las Torres Gemelas, como la masacre y los avasallamientos que la primera potencia del planeta, en nombre de la libertad y la democracia, ha perpetrado criminalmente en Irak. Porque en definitiva a la hora de juzgar los fenómenos terroristas –con su secuela inevitable de destrucción, muertos, heridos y víctimas inocentes– tenemos que tener la grandeza intelectual de ser honestamente objetivos e imparciales.
Desdichadamente en nuestro país, la mayoría de los medios de comunicación con un servilismo que rebasa todos los límites, que la propia autoestima –se supone– le traza a la obsecuencia, ha colocado en la galería de Satanás a Osama Bin Laden y sus secuaces, y a las tropas norteamericanas como los salvadores del sufrido pueblo iraquí, con argumentos que por escapar groseramente al dominio de lo posible, revelan que no existe ninguna consideración por el intelecto de la gente. Adviértase que con motivo de la inauguración de sesiones del Comité Interamericano contra el Terrorismo, el doctor Jorge Batlle hizo apreciaciones sobre este fenómeno hincando sus reflexiones en la atormentada Colombia, pero sin ninguna referencia a la violación de los derechos humanos que la Administración de George W. Bush ha desatado en la nación que antes de ser ocupada militarmente –con el apoyo de EEUU– había tiranizado Saddam Hussein.
Pero retornando a nuestro pequeño Uruguay –debe admitirse por un principio de honestidad– que si bien no hemos experimentado el terror que siembran las bombas, los productos tóxicos o las sustancias infecciosas o microbianas, hay que reconocer que convivimos con el dolor, la angustia y la frustración que se derivan de la extrema pobreza. Y ello porque en puridad, el miedo, el espanto o el pavor que desencadenan los atentados criminales contra la civilización y el orden público internacional, tienen su similitud con los que provienen del hambre, la miseria y la desnutrición, extremos que conforman la antesala de graves enfermedades, como asimismo de deplorables deficiencias físicas y psicológicas.
Por razones explicables o atendibles, la sociedad reacciona inmediatamente cuando la colocación subrepticia de instrumentos explosivos provoca la muerte, o tiene por finalidad crear conmoción, pánico o temor, porque visualiza que sus autores han superado todas las barreras de piedad que surcan la conciencia. Pero probablemente por acostumbramiento, apatía u omisión, no observe el mismo comportamiento cuando es testigo de las sublevantes consecuencias que tiene la marginación social, dentro de un sistema que se jacta de proteger los derechos fundamentales.
En su edición de fecha 13.1.2004, bajo el título «Las cifras del deterioro», «LA REPUBLICA» describe con puntillosa claridad los niveles de pobreza que atrapan a una nación como la nuestra, privilegiada con 17 millones de hectáreas productivas, donde cinco de ellas son fértiles para alimentar a cada uno de sus habitantes. Y reflexionando sobre los números, que retratan con crudeza el área donde sobreviven los «fugitivos» de la justicia social, resulta vergonzoso que más de un tercio de la población viva en un marco de carencias alimenticias, y que durante los últimos cuatro años la pobreza haya aumentado un 45 por ciento.
Como no escapará al olfato intuitivo del lector, este torturante legado corolario de políticas económicas impuestas por el capítulo deshumanizado, no ha impedido a muchos de los culpables de tanta iniquidad y exclusión presentarse como candidatos en los próximos comicios. Y si analizamos sus discursos, mensajes o coloquios con el periodismo, comprobamos que se expresan como si ello nunca hubiesen participado en el gobierno de coalición.
Para el pueblo que no es tonto ni cree en los Reyes Magos, sabe que acá ha existido una responsabilidad solidiaria e indivisible, cuya condena cívica habrá de reflejarse en las urnas. *
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