Kirchner y la economía salvaje

Posiblemente el camino emprendido por el gobierno argentino tendrá en algún momento para que su éxito sea medianamente plausible, el beneplácito de los organismos de crédito multilaterales. Para que ello sea posible, seguramente, la mayoría de las medidas deberá ser consensuada en nerviosas llamadas realizadas entre Buenos Aires y Washington. Esta creencia puede ser interpretada por algunos como una afirmación que muestra otra vez el quebrantamiento de la soberanía de los países que debieran resolver sus crisis por ellos mismos. Sin embargo, hay que reconocerlo, el gobierno de Néstor Kirchner se mantiene en una posición de dignidad indiscutible, polemizando con el FMI en su conjunto y con sus funcionarios, en un tono desusado que sorprende a muchos gobiernos genuflexos e indignos que todavía pululan en el continente.

Pero el tema lo debemos interpretar a la luz del mundo de la globalización financiera, de cuáles son los mecanismos de acuerdo con organizaciones que responden, como es el caso del FMI, a los estrictos lineamientos establecidos por el Departamento del Tesoro de EEUU, enancados en conceptos surgidos del llamado Consenso de Washington.

Este señalamiento de los mecanismos habituales en el mundo de hoy puede tener modificaciones, claro está, porque Argentina es el caso más paradigmático de fracaso del modelo neoliberal, donde la aplicación del capitalismo en su fase más salvaje, llevó a la crisis a un país de 35 millones de habitantes altamente capacitados para emprender las mayores y más difíciles empresas, productor de petróleo y otros minerales estratégicos, con un territorio especialmente adecuado para la agricultura y la ganadería. Ese vergel, emporio de riqueza como pocos, ejemplo de un trozo de la mejor Europa implantado al sur de América Latina, llegó a límites de degradación política e institucional superlativos, con niveles de corrupción quizás insuperables, con una devastación económica determinada por la venta y el pasaje al capital extranjero de empresas públicas (y privadas), dejando el tendal de desocupados, multiplicando el costo de los servicios, sin realizar –globalmente– inversiones de importancia para desarrollar las actividades.

Un desembarco neoliberal que se produjo –como en el resto del continente– durante la vigencia de la dictadura militar, ya que desde el Departamento de Estado se las impulsó con el fin imponer por la fuerza un modelo que determinaba la dramática marginación de importantes sectores de la población.

La culminación de la crisis que se vive en el país vecino, luego de años de continua caída de todos los indicadores económicos, era previsible desde hace mucho tiempo. Allí parecía no existir la posibilidad de recuperar la transferencia de su riqueza (las empresas) a manos de capitales extranjeros, que de inmediato — en razón de una evidente lógica económica– traspasaron sus utilidades a las casas matrices. Los sucesivos gobiernos argentinos, desde la salida de la dictadura hasta el del presidente De La Rúa, influidos en los valores impuestos por el modelo, fueron un ejemplo de irresponsabilidad, derroche y corrupción, sin reducir un ápice el gasto público –igual que en Uruguay– ni impulsar en ningún caso –igual que en el Uruguay– políticas de reactivación económica, ni tampoco emprendiendo obras o proyectos –igual que en el Uruguay– sin que fueran financiados por dinero venido del exterior, incrementando en los dos casos la deuda externa.

Sin embargo ahora la situación ha cambiado. El gobierno de Kirchner, con mano firme, trata de quebrar una situación que había desmoralizado al pueblo argentino, desterrando privilegios. Las empresas privatizadas que con tanta ligereza transferían sus utilidades al exterior, están jaqueadas por una muy dura política de congelamiento de tarifas que, al igual de lo que ocurre en Uruguay, crecieron sin medida destrozando la economía familiar.

Kirchner corrigió esta situación en una lucha sin cuartel con las privatizadas, y soportando la presión constante de otros gobiernos, para que dejara de poner coto a ese mecanismo propio de una economía salvaje.

El mandatario argentino demostró que se puede hacer. *

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