Profeta en tierra ajena
Nadie podrá negar que al ex presidente Sanguinetti no le falta el don de la ubicuidad.
Una presencia en todas partes construida con una buena porción de adaptabilidad. Más próximo al Partido Obrero Socialista en España, más centrista en otras regiones de América Latina, nuestro preclaro se adapta a los tiempos y a los lugares.
Los más memoriosos recuerdan que antaño no le disgustaba viajar a la Unión Soviética. Por realismo, decía. Que allí se conculcaban libertades se vino a enterar después. Bastante después, cuando el anticomunismo ululante empezó a ser más rentable electoralmente que su antiguo realismo.
En la entrevista que nos ocupa, se trata de declarar en clave apropiada para el conservador porteño La Nación.
El primer comentario que merece la nota es acerca del objeto de las palabras de Sanguinetti, del tema acerca del que ilustra a los lectores argentinos de La Nación. Sanguinetti habla, modestamente, de … Sanguinetti.
El visionario, el constructor del Estado, el reformador de la sociedad, armonizador de los antagonismos. ¡Como para no estar cansado de Sanguinetti! ¡Si no consigue hablar de otra cosa!
El conductor que el destino generoso le otorgó a Uruguay exhibe su medio siglo de acción política como una proeza de infalibilidad. En toda la larga entrevista no reconoce haber cometido ningún error. De ningún tipo, salvo uno: el haber creído que el mundo sería mejor después de la caída del Muro de Berlín. Pero, en realidad, explica, más que un error de él, el mal proviene de la «debilidad política de Japón y de la deserción militar de Europa». Reconoce errores sí, pero llega al confesionario bien acompañado.
Uno de los caballitos de batalla de la prosa del ex presidente es que él representa el cambio y la modernización. Y la izquierda el espíritu conservador. «En Uruguay, la resistencia al cambio es la nostalgia de una sociedad satisfecha.» (…)
«El país crecía. Les compramos a los ingleses los ferrocarriles, los tranvías y la compañía de agua corriente. Fue la primera gran construcción social y democrática de un Estado de bienestar en América latina. Privatizar empresas de servicios públicos en Uruguay, a diferencia de la Argentina o de España, es muy difícil, porque han tenido (…) gran eficacia en su labor. Entonces, la gente las quiere. En los últimos años han crecido los movimientos, llamados de izquierda, que componen el Frente Amplio, enancados en el sentimiento conservador. Es decir, los viejos grupos de aliento revolucionario tienen la propuesta de no cambiar nada y establecer la utopía de que vamos a estar mejor no tocando nada».
Cualquiera que conozca medianamente la realidad política del país sabe que la izquierda ha impulsado e impulsa una cierta reforma del Estado a la que se oponen, justamente, Sanguinetti y sus aliados del Partido Blanco y Colorado.
El grupo político de Sanguinetti es el proveedor del personal de los directorios de los Entes Autónomos más cuestionados. Y no sólo por sus ideas y prácticas burocráticas.
Lo que despectivamente denomina nostalgia no es sino la constatación del profundo deterioro de la calidad de vida de una proporción muy grande de uruguayos, nativos de este país productor de alimentos donde mueren niños por desnutrición y la mayoría habita en hogares donde se subsiste viviendo por debajo de la línea de pobreza. Vaya nostalgia.
Tampoco se puede aceptar lo que llama la amenaza del populismo: «¿Cuáles son sus ingredientes? Son, justamente, una estructura de poder basada sobre el mesianismo carismático del líder, la apelación a actitudes aceptadas más por la emoción que por la razón, la irrupción de la masa como sustituto del concepto de representación en la democracia y, como consecuencia de todo eso, el desarrollo de una política económica y social con altos ingredientes de demagogia…»
En 1966 Sanguinetti hizo su campaña electoral basándose, entre otras cosas, en una reforma de la Constitución que incluía, justamente, la creación del recurso del referéndum contra las leyes. La democracia directa, esa a la que ahora descalifica sin fundamentos legítimos solo porque a Sanguinetti y su partido cada vez le va peor cuando el pueblo decide. *
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