El homenaje a Julia Arévalo en la barra del Senado

La senadora proletaria

En la tarde de hoy se rinde homenaje a Julia Arévalo, la primera senadora comunista de América, colocando una placa con su nombre en la barra de la Cámara Alta. Julia llegó a ese cargo tras la elección de 1946, que simultáneamente otorgó a su partido cinco bancas en la Cámara de Representantes para Rodney Arismendi, Antonio Richero, Enrique Rodríguez, Héctor Rodríguez y Carlos Leone (este último por Canelones). Con anterioridad, Julia se había desempeñado en la Cámara de Diputados, y posteriormente actuó en defensa de los vecinos de Montevideo desde la Junta Departamental. Fundadora del Partido Comunista en la instancia definitoria de 1920, obrera tabacalera, ya en su temprana adolescencia y adherente desde 1912 al Partido Socialista, Julia Arévalo ocupó diversos cargos de responsabilidad en la dirección del PCU, en el movimiento por la paz y en organizaciones femeninas (en el ámbito nacional e internacional). Pero por sobre todo, además de un don oratorio excepcional por su pasión y su poder de persuación, la distinguía su calidez y su sentido humano. Mucha gente la quería mucho.

Había nacido el 1º de julio de 1898 en la pequeña localidad de Barriga Negra, departamento de Lavalleja, y falleció en el primer año de la recuperación democrática. El centenario de su nacimiento fue recordado en un acto en el Cabildo de Montevideo (el 1º de setiembre de 1998) en el cual participaron su compañera en el movimiento femenino Elina Crottogini, el maestro Hugo Rodríguez, el líder histórico del PIT-CNT José D’Elía, el sindicalista Pedro Aldrovandi, la actriz Sara Larocca en lectura de poemas del argentino Raúl González Tuñón y uno de sus 11 nietos y nietas, que la describió con palabra entrañable en la intimidad de su hogar y en la relación con sus familiares, haciendo aflorar su ternura y la profundidad de sus sentimientos. Una excelente biografía escrita por Alfredo Dante Gravina recupera episodios fundamentales de su vida, como su actuación en el malón represivo desencadenado en la colonia agrícola de San Javier, departamento de Río Negro, tras el golpe de Estado de Terra del 31 de marzo de 1933, que desembocó en el asesinato de la campesina Julia Scorina y en el que la vida de Julia corrió grave riesgo. Este libro ayuda a rescatar la memoria viva, milita contra el olvido que acecha a grandes figuras surgidas de la entraña del pueblo.

Es en este sentido que desearía recordar unas líneas escritas por Rodney Arismendi a los pocos días de la muerte de Julia. El entonces secretario general del PCU había hecho uso de la palabra en su sepelio, evocando a la mujer «de barro y miel». Las dos cuartillas entregadas a «la Hora» el 20 de agosto de 1985 y publicadas al día siguiente están firmadas con un seudónimo que utilizaba con frecuencia (Batlle López Correa). En ellas fustiga a los reaccionarios por la mezquindad exhibida ante la muerte de Julia Arévalo, y nos retrotrae al clima imperante quince años atrás. Su texto es el siguiente:

Julia y la mezquindad reaccionaria

La muerte de Julia fue una pérdida para el país, en primer término para el movimiento obrero y popular, y desde luego para los comunistas.

Aún los enemigos más obtusos, los anticomunistas «menos civilizados» –como diría un gran intelectual europeo– pueden negar que Julia era exponente destacada de una porción muy importante de la historia nacional, incluso en relación con un período trascendental de la hora mundial.

Frente a su féretro cruzaron hombres de las más diversas filiaciones políticas, obreros y estudiantes (viejos y jóvenes), mujeres con cabezas blancas o con juveniles y actuales vaqueros. Personalidades nacionales meditaron junto a su féretro con acendrado respeto. Algunos órganos de prensa y radio dieron generoso destaque al luctuoso acontecimiento. En contraste, silencio en cierta prensa y en otros –habitualmente gárrulos– medios de comunicación.

Esto tiene su lógica. ¿Diarios que lamieron las botas a la dictadura, habitualmente sucios e inmorales, podían haber nombrado a Julia con respeto?

Los acompañó el silencio mezquino de «El Día». Este no fue órgano de la dictadura aunque sí prensa tolerada por el régimen, entre otras cosas por su anticomunismo consuetudinario. Recrudece en su viejo estilo; no nombra a los comunistas aunque a veces hagan resonar al Parlamento, o sean parte esclarecida de la historia y la cultura nacional. Es decir, por un lado ocultan los hechos y por el otro, dedican a veces media página política al anticomunismo. En las raíces del renacimiento de la libertad del país hay un ancho raudal de sangre comunista. Ellos acarrean barro para ocultarla. En cierto sentido es un testigo molesto para los que conciliaron y predicaron el «Sí» a la Constitución de la dictadura que pretendía institucionalizar el fascismo. El silencio ante la muerte de Julia es aleccionador espejo de la mezquindad y pequeñez moral de los reaccionarios.

 

* Periodista

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