La Iglesia
Por más que las influencias batllistas masónicas hallan cambiado el nomenclátor de las fiestas de fin de año, en puridad son todas absolutamente históricas y espiritualmente cristianas y católicas.
El día de la familia a la Navidad Santa, el de los niños al de los Reyes Magos, sin perjuicio del ridículo, único en el mundo, de llamar a la Semana Santa como la de «turismo», «criolla» y hasta de la «cerveza» con absoluta falta de respeto. Sin contar el 8 de diciembre, día de la Virgen María como el de los «bañistas» de las playas.
Pero el odio inexplicable y mezquino hacia la religión católica no se detiene en el mero hecho del cambio de nombres de las festividades.
Fácil es ver que no se pierde oportunidad de aprovechar cualquier «bolazo», calumnia o versión que pueda perjudicar a la Iglesia para publicitarla y tremendizarla.
Fue notoria durante el año la campaña contra el arzobispo Cottugno por reprobar el pecado de la sodomía u homosexualismo. Después de encuestas en que la opinión pública dio el más contundente respaldo a la tesis eclesiástica, se callaron. Pero al poco tiempo, no conformes, volvió por medio de una diputada y otra «educadora», ambas muy «batllistas», a denunciar que una monjita habría expulsado de un liceo católico, poco menos que a «latigazos», a una chica quinceañera por estar embarazada.
La patraña quedó inmediatamente expuesta cuando la propia alumna y su madre desmintieron la versión.
Por otra parte, llama la atención la pertinacia de observar permanentemente el funcionamiento interno, incluso administrativos y funcionales o domésticos, propios de cualquier religión, a la comunidad católica.
Alguna vez lo he dicho, en miles de religiosos a nivel mundial, son hombres y mujeres como cualquiera, los hay curas excelentes, buenos y por supuesto alguno con vicios altamente reprobables. Seres humanos al fin. Y las culpas similares las hay en todas las religiones. Desde los sacerdotes tibetanos a los imanes islamistas, rabinos judíos y pastores protestantes o umbandistas. Pero las únicas señalables con frenesí son las endilgables al catolicismo.
Hoy, como regalo de fin de año, no se olvidaron, se vuelve a denunciar la expulsión de un sacerdote franciscano, tema interno de la Iglesia, por respaldar una publicación cuyos autores no son muy católicos por cierto.
Incluyendo representantes de profesiones de fe enfrentadas al cristianismo tradicionalmente y cuyo texto titula (sic) «los aspectos más turbios de la Iglesia Católica, el Opus Dei, Tradición, Familia y Propiedad, Comunidad Jerusalén y pedofilia a nivel nacional e internacional. ¡Casi nada!
Son opiniones personales claramente enemigas de la Iglesia que no se ocupan de consignar críticas a otras religiones ni por asomo.
Y este sacerdote de marras, por lo visto, respaldó aparentemente sin defensa alguna, esta difamatoria publicación.
El razonamiento consecuente se cae de su peso. Si tanto discrepa, ¿por qué no renuncia a sus hábitos antes que lo sancionen?
No es lo mismo disentir sobre filosofías y conductas religiosas que sobre políticas de un club de fútbol.
La resolución del arzobispo o de la Congregation Franciscana me parece en principio lógica. Si hay un enemigo dentro de la casa, lo saco. La razón del viejo doctor Perogrullo.
Por otra parte, me gustaría saber si el autor o los autores de esa publicación han hecho otras respecto a confesiones religiosas distintas, tales como la judía, el islamismo, los mormones o incluso sobre logias misteriosas como la masónica. Pues hablan con total conocimiento y propiedad sobre organizaciones internas cristianas como si supieran y dominaran sus más recónditos secretos. Justamente de una religión que tiene más de 2000 años de nacimiento y que por la humanidad, sin perjuicio de las creencias filosóficas de sus creyentes en materia espiritual, ha hecho y mantiene miles de obras que sus detractores y sus creencias han sido incapaces de hacer.
¿Por qué ese sacerdote, tan solidario con los contrarios, en lugar de avalar sus críticas, no les «tapó la boca» señalando los cientos de universidades, escuelas, talleres, hospitales, hospicios, leprosarios, cottolengos (como el de Don Orione, por ejemplo) y demás obras, que incluso el Opus Dei tan denostado mantiene y promueve? ¿Por qué no señaló los miles de niños, ancianos, enfermos y necesitados miserables a nivel mundial y nacional que en diversas congregaciones y prelaturas de la Iglesia se asisten y ayudan dándoles consuelo y una vida digna y mejor?
¿Por qué no hacen lo mismo estos medulares críticos y no levantó su voz este «buen» sacerdote?
¡Que no se queje ahora! Nadie se mete con otras religiones o logias. Ignoro los temores. Tal vez, como el Patrón de Arriba predicó incluso con el ejemplo, el poner la otra mejilla aventando todo riesgo terrenal de represalias futuras, resulta que se le tira a su Iglesia con la munición más pesada.
Pero tampoco se puede pretender que sus jerarquías permitan groseras violaciones de sus propios representantes.
Hay órganos internos donde se puede disentir sobre las diversas temáticas sin buscar protagonismos demagógicos dándole «pasto a las fieras».
Y el sacerdote de este caso tiene que saberlo. Amén. *
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