Diez años de la insurrección zapatista

En los últimos de días diciembre y el comienzo del nuevo año se conmemoran los diez años de la insurrección en Chiapas protagonizada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

En una inteligente evocación que realiza Alejandro Nadal en La Jornada de México, se señala: «Hace 10 años, en Chiapas, los zapatistas se preparaban para morir. Con la historia de la nación a cuestas, no sabían si su lucha los acercaría a un país más justo. Si de algo podían estar seguros era que el poder buscaría destruirlos por todos los medios a su alcance. Intentaría acabarlos con sus tropas y, si eso no funcionaba, buscaría engañarlos con negociaciones espurias, emboscarlos, asesinarlos, comprarlos, borrarlos del mapa y esperar a que nadie volviera a acordarse de ellos. Ese era el panorama la fría noche del 31 de diciembre de 1993″.

Como preveían los zapatistas, el poder lo intentó todo y algunas cosas más, hasta bombardeos con cohetes desde el aire. Le acompañaron los medios de información y su ridículo intento de manipulación.

En aquel momento, la izquierda en el mundo trataba trabajosamente de asimilar los contundentes efectos del derrumbe del bloque socialista, el predominio de las ideas y políticas del neoliberalismo económico estaban en pleno auge.

Como ha escrito en estos días el conocido ensayista británico John Holloway: «Parecía que (en el mundo) no había alternativa a la homogeneización neoliberal.»

Y agrega: «No es sólo que los zapatistas se rebelaron en un mundo donde parecía que no había espacio para la rebelión. Es la forma en que se rebelaron. La rebelión zapatista no es una repetición de rebeliones anteriores, no es la aplicación de una fórmula preexistente».

Neil Harvey, un especialista en la insurrección de Chiapas, expresó recientemente: «A diferencia de muchos otros movimientos populares, su rebelión no se limita a exigir concesiones del Estado, sino que demanda una profunda reforma del Estado». «Nunca más un México sin nosotros», se ha convertido en la bandera de lucha no sólo del zapatismo, sino del movimiento indígena nacional. La firma en 1996 de los acuerdos de San Andrés sobre derechos y cultura indígenas representa la posibilidad de una reforma nacional, negada por los sucesivos gobiernos, pero puesta en práctica por los zapatistas en sus municipios autónomos y juntas de buen gobierno. Después de sobrevivir a los ataques de policías, militares y paramilitares, estos nuevos gobiernos indígenas han llegado para quedarse.

El proceso de luchas y reflexión, agitación y propaganda, originalidad y tradición del proceso en curso en Chiapas, impulsado por el Ejército Zapatista con la conducción del subcomandante Marcos, tiene un profundo significado para los pueblos de América Latina, especialmente para aquellas naciones, la mayoría, cuya composición étnica revela una tremenda y a menudo olvidada mayoría de indígenas.

El movimiento zapatista sacudió México y nadie podría comprender el fin del sistema de partido único hegemonizado por el PRI sin apelar a los efectos que en la opinión pública mexicana y en su izquierda produjo el fenómeno zapatista.

El subcomandante Marcos ha incorporado al gigantesco coro de los pueblos que reclaman justicia y libertad una voz auténtica y profunda, una palabra rebelde y original y una tenacidad indoblegable para el logro de sus objetivos emancipatorios. *

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