Nos queda la palabra
A partir del 7 de diciembre, el avance de la izquierda a la conquista del gobierno parece haber alcanzado un ritmo sostenido.
De los muchos balances valiosos sobre los resultados de la consulta popular retengo un dato que, a mi juicio, permite iluminar toda la perspectiva hacia el gobierno y, lo que es esencial, hacia un buen gobierno cumpliendo el programa con el que nos comprometemos con los electores.
El hecho cívico del referéndum ¿cómo se consiguió?
¿Fue el resultado de un acuerdo con los partidos tradicionales que accedieron a poner su bella ley al juicio del pueblo? No, no fue así.
¿Fue el resultado de un acuerdo con el oligopolio mediático que nos dejó entrar en las pantallas y explicarle a la ciudadanía los fundamentos de nuestra oposición a la ley? No, no fue eso.
Una victoria conseguida desde abajo
A contracorriente de los medios y de la mayoría de la Corte Electoral, a los frenteamplistas nos quedaba la palabra.
Lo nuevo y augural de la campaña por las firmas primero y por el voto después, fue su origen, su motor, su base de apoyo: la sociedad civil y sus organizaciones sindicales, cooperativas, estudiantiles y barriales. Junto a ellos, el peso incontenible de la militancia frenteamplista desde los comités de base. Teniendo la palabra.
La campaña nos demostró que se puede. ¿Se puede qué?
Que una minoría parlamentaria puede devenir mayoría en el país. Que con respaldo social y militancia desde abajo, sin respaldo en los medios controlados por el oligopolio, se puede derrotar democráticamente a los partidos conservadores y defensores del privilegio. No es poca cosa.
Así conseguida, la victoria del 7 de diciembre fue pariendo nuevos hechos de afirmación política: el «plebiscito de los presidentes» de la explanada municipal, cuando Kirchner y Lula optan por el liderazgo frenteamplista, en un gesto de gran significación latinoamericana.
Luego el IV Congreso, que con sus logros y carencias, significó, no obstante, una nueva instancia de tonificación y puesta al día de algunos debates políticos.
Mayorías y minorías
Como en todo congreso democrático, los debates culminaron con mayorías y minorías.
En algunos de los temas importantes, la lucha contra la impunidad, por ejemplo, nos tocó estar en minoría. Una minoría, de más del 39%, nada desdeñable, según creemos. Entre otras cosas, ese 39% impedía la aprobación de otra moción, para la que se exigía, de acuerdo al reglamento conocido con anterioridad, los dos tercios de votos del Plenario.
En un congreso como este, la libre expresión de las minorías es un aspecto central. Coartar la expresión de cualquier congresista es un asunto serio. Tanto más si es vocero de una expresión que ha sido y es minoritaria. Libertad de expresión para todos los participantes, tanto los que son minoría por un lado como los que son minoría por el otro, opuesto.
El congreso es el momento donde la minoría, hablando, puede persuadir. Puede volverse mayoría. Proceso de debate y convencimiento en el que todos debiéramos estar por igual interesados en garantizar.
En el ejercicio de discutir y convencer está la fuerza del FA y del progresismo uruguayo. Así se logró la victoria del 7 de diciembre.
En el ejercicio actual de debatir y convencer estamos preparándonos para la otra tarea: la de convencer a la mayoría de los uruguayos que el FA-EP es la mejor alternativa política. Para conseguir así auténticas mayorías parlamentarias. No las devaluemos: mayorías con toda la legitimidad del voto democrático de nuestro pueblo y no «circunstanciales», como se ha dicho.
Preparando la victoria
Trincheras de ideas, reclamaba Martí. Conjugada en Uruguay esa consigna quiere decir gente informada y activa, pueblo organizado y movilizado, capaz de defender sus propuestas de cambio, su programa, su explícito plan de gobierno. Y para estar en condiciones de defenderlo, lo mejor es haberlo reflexionado, discutido. Haberlo visto desde distintos ángulos, incluso desde el de la minoría.
El camino al gobierno y al cumplimiento del programa no será idílico. La derecha vive la posibilidad del cambio como una pesadilla inaguantable. Ejercerá toda su fuerza política y mediática para impedir nuestra victoria.
La victoria, además de necesaria, es posible. Sin renunciar a nada.
¿Por qué tendríamos que hacerlo? Nuestra fuerza nace en que, a diferencia de la sordera sociológica que ha atacado a los partidos conservadores, nosotros hemos aprendido a oír el gigantesco malestar de nuestra gente.
Y tenemos propuestas de fondo, que van a la raíz de los problemas, para resolver esos problemas y esos dolores.
Y tenemos que hacer que esas propuestas, como la de Daniel Olesker para la creación de empleo, formen parte sustantiva de la campaña electoral.
Ellos tienen el poder y el dinero. A nosotros nos queda la palabra. La palabra que critica, que propone, que no se arredra ni se deja silenciar. *
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