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Sábado 03 de junio de 2000 | 12:00
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A don Dante Iocco, presidente del Club Nacional de Football. Que supo ­porque quiso­ comenzar un proceso que puede resolver uno de los factores gruesos que aquejan, de gravedad, al deporte de los amores populares.

Don Dante Iocco y su Comisión Directiva decidieron “cortar de cuajo” las mañas y presiones de la “barra brava” de su propio club. Denunciaron ­y consiguieron el procesamiento­ del cabecilla de ese grupo que, marginal de la hinchada bolsilluda, va de tropelía en tropelía ensuciando la trayectoria de la institución y mancillando el ámbito futbolístico. El presidente y su directiva decidieron cortar con la cadena de chantajes que soportaban; fue un acto de valentía que clarifica la situación del club ante la opinión pública y significa el comienzo del saneamiento de una situación viciada física y espiritualmente. El deporte, desde sus orígenes en la antigüedad, tiene una especial nobleza. Es culto a la salud física y es culto a la sana competencia. Es juego y es enseñanza. Es espectáculo y confraternidad. Es alegría, emoción, goce. Y así como la gestión de los jugadores actúa sobre los espectadores, las acciones de éstos se revierten sobre aquéllos. Y el círculo se completa con las resonancias que el espectáculo tiene en la sociedad entera.

Las llamadas “barras bravas” ­fenómeno universal de violencia en contextos multitudinarios­ nada tiene que ver con la admiración, el fervor o la fraternidad deportiva; sólo son manifestaciones de un estado de irracionalidad furiosa, marginal, destructiva.

Lo de hoy es un comienzo; muy auspicioso por más de una razón.

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